Mirissa y Galle. En busca de la ballena azul

Dicen que una ballena azul puede llegar a medir 30 metros de longitud y pesar 150 toneladas comandadas por un corazón de 600 kg. Es difícil imaginar un animal de semejantes dimensiones. Puede parecer ciencia ficción, pero existe, aquí, en los océanos de nuestro querido planeta. Precisamente la costa sur de la isla de Sri Lanka es uno de los lugares de la Tierra con más posibilidades de avistamiento del mayor animal del mundo, y Mirissa fue nuestro destino elegido para este menester. Después de los espectaculares cachalotes saltarines de las islas Azores (Portugal), de los cuales pude disfrutar varios años atrás, no podía perder esta oportunidad de añadir la ballena azul a mi lista. O al menos de intentarlo. ¡Allá vamos!…

Relax en la playa de Mirissa

Relax en la playa de Mirissa

Comencemos hablando de nuestra “base de operaciones”, la localidad costera de Mirissa. Su playa, grande, bonita y muy tropical, es, sin embargo, bastante peligrosa para el baño, pues las corrientes y la bravura del Océano Índico no son cosa de broma. Este hecho, por otra parte, también convierte estas costas en una joya para los amantes del surf, tanto a nivel local como internacional. Por la noche, la playa se transforma en algo así como “la Ibiza de Sri Lanka”, pues la iluminación de los numerosos restaurantes y bares que la invaden se convierte en la protagonista, creando un ambiente muy turístico con un marcado “estilo europeo”. Un enorme foco reflector alumbra el cielo desde diferentes puntos de la playa cada noche. En los restaurantes a pie de playa, tales como el Sunshine Beach Inn, es posible cenar por alrededor de 1000 rupias por persona. Si queremos algo más auténtico, recomiendo encarecidamente el Dewmi Rotti Shop, situado en Matara Road, continuando ligeramente hacia el este desde la playa principal, cerca de la misma pero no en primera línea. Allí podemos cenar y muy bien por menos de 400 rupias por persona. Aunque la especialidad de la casa es el rotti (algo parecido a empanadillas), mi plato favorito es el kottu en sus diferentes variantes, un plato elaborado a base de huevo, vegetales y diferentes especias. Muy posiblemente, lo mejor que he probado en nuestras dos semanas en Sri Lanka. Exquisito.

Mirissa desde nuestro balcón

Mirissa desde nuestro balcón

Nuestro alojamiento en Mirissa fue el Sunstyle, guesthouse regentado por un servicial y amigable joven surfista que se ocupa del negocio con la ayuda de su familia, los cuales viven en la planta baja del mismo edificio del hotel. Habíamos reservado allí 3 noches a través de Booking por 60$ en total. No podemos alegar nada negativo. Limpio, cómodo, buen desayuno incluido, situado a 10 minutos caminando de la playa principal y apenas a un par de minutos de otra pequeña y escondida cala ideal para relajarse, ubicada en una zona mucho más tranquila. Varias oruwas (embarcaciones de pesca tradicionales) apostadas normalmente sobre la arena le confieren un aspecto más interesante, si cabe, a la pequeña playa.

Nuestro primer despertar en Mirissa sería a horas muy tempranas, pues un tuk tuk nos recogería a las 6 am enfrente de nuestro hotel para llevarnos hasta el puerto de la localidad, concretamente a la oficina de Raja & The Whales, una de las opciones mejor valoradas en cuanto al avistamiento de ballenas en Mirissa se refiere. El día había llegado. Saldríamos al encuentro del mayor animal que habita hoy en día nuestro planeta: la ballena azul. Intencionadamente, habíamos reservado esta excursión para nuestro primer día en Mirissa (pasaríamos dos días completos en esta población), pues si el avistamiento no se produce, la compañía te permite volver a intentarlo al día siguiente sin tener que abonar nuevamente el elevado precio del servicio (6000 rupias por persona), o bien recibir un reembolso de la mitad de la cantidad abonada. Nos habíamos guardado las espaldas para tener más posibilidades de encontrarnos con ballenas azules. Además de esto, el precio incluye la recogida en nuestro hotel, así como comida y bebida.

Amanece sobre el puerto

Amanece sobre el puerto

El barco de Raja zarpa con las primeras luces del día, regalándonos una poética estampa del puerto que nos muestra el sol levantándose sobre las palmeras. Prácticamente en el momento de zarpar, la tripulación nos ofrece café, té y galletas para empezar el día, seguido poco después por algo de fruta. Durante la travesía, el capitán expone el procedimiento que se seguirá en la excursión y las normas que rigen en su barco, haciendo también gala de sus conocimientos sobre los cetáceos que habitan las aguas del Océano Índico, esa inmensidad que estamos surcando…

El primer avistamiento no se hace esperar, y consiste en un numeroso grupo de delfines que juguetean acrobáticamente, como es habitual en ellos, alrededor del navío. Viejos conocidos para nosotros. Las ballenas azules son mucho más tímidas y, a pesar de su gran tamaño, no son fáciles de localizar. Confiamos en la experiencia de nuestra tripulación. El capitán del barco, un tipo duro y serio, mira el horizonte fijamente, como si pudiera ver mas allá. Cambiamos el rumbo. Al rato, el revuelo se apodera de la tripulación. Algo que para todos los presentes ha pasado desapercibido, ha sido la señal para que ellos vuelvan a cambiar el rumbo del barco inmediatamente. ¡Blue whale! Alguien enuncia las palabras mágicas… nos dirigimos a las proximidades de la zona por la que, teóricamente, el gigantesco cetáceo debería salir a respirar, respetando siempre las directrices internacionales para el avistamiento de ballenas, marcadas con el objetivo de no molestar a los animales, las cuales nos habían sido explicadas durante la navegación y son respetadas a rajatabla por esta compañía, otro de los factores que nos llevan a recomendar Raja & The Whales para realizar esta actividad.

Recorrido por Mirissa y Galle (click para ampliar)

Recorrido por Mirissa y Galle (click para ampliar)

Ninguno de los compañeros de excursión ha visto nada. Hasta ahora. Repentinamente, una gigantesca nube de vapor emerge sobre la superficie del océano. El animal más grande del mundo muestra su lomo antes nosotros, es un momento más que emotivo… mis sueños de niño en lo que se refiere a tiburones, ballenas y delfines, plasmados en el libro del mismo título que elaboré junto con mi hermano Rodrigo durante nuestra infancia incluían, como no podía ser de otra manera, a la gran ballena azul. Ahora la tengo frente a mí. Impresionante, creo que es la palabra que mejor define a un animal de semejante tamaño… a pesar de pasearse a unos 50 metros de nuestra posición, desde la altura del barco se aprecian perfectamente sus dimensiones. El gigante deja ver su lomo, su espiráculo y el vapor producido por su respiración varias veces antes de sumergirse definitivamente mostrándonos su aleta caudal, regalándonos una instantánea soberbia.

Animados después del primer encuentro con nuestro principal objetivo, la tripulación nos sirve un riquísimo plato de arroz con guarnición que nos sienta de maravilla, a pesar del leve movimiento del barco. Todas las agencias dedicadas a esta actividad recomiendan tomar pastillas para el mareo si somos propicios a ello, pues las aguas del Índico nunca están completamente en calma. Nosotros tuvimos suerte y el estado de la mar fue bastante aceptable, con lo cual nuestra decisión de no tomarlas fue un acierto (a decir verdad, olvidamos buscarlas en alguna farmacia…) . La decisión depende de cada uno. Un rato más tarde, localizamos la segunda ballena azul del día. Tan espectacular como la primera. En esta ocasión, podemos ver más nítidamente su enorme cola en el momento de adentrarse en las profundidades del océano. Aunque el zoom de nuestra cámara no es demasiado bueno, todos los presentes facilitan sus direcciones de correo electrónico a la tripulación para que, un par de días más tarde, éstos nos envíen las fotos realizadas con la “cámara oficial” de Raja & The Whales durante nuestra excursión. Los resultados son magníficos, como podéis ver…

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Así, tras unas 6 horas de navegación, atracamos nuevamente en el puerto de Mirissa. Un sueño cumplido más se suma a mi larga lista: ver una ballena azul. No una, si no dos. El capitán nos hace saber lo afortunados que somos, pues el avistamiento de animales salvajes depende de muchos factores y no siempre se consigue el objetivo deseado. Ésta vez tuvimos más suerte que con los leopardos de Yala… el resto del día, acompañados por una imborrable sonrisa de satisfacción, lo dedicaríamos a relajarnos en la playa, comer y tomar un par de cervezas Lion (350 rupias por la botella de 70 cl en cualquier “chiringuito” playero) frente a ella, para más tarde disfrutar del precioso atardecer sobre la playa que ofrece el pequeño peñón que divide a la misma en dos, poniendo así punto y final al día en el que nos encontramos con el animal más grande del planeta. Inolvidable…

Surfeando en Weligama

Surfeando en Weligama

A la mañana siguiente, con nuestro primer objetivo en Mirissa ya cumplido, podíamos abrir el abanico de actividades a realizar. Nos decantamos por visitar la cercana localidad de Weligama, a la que llegamos en apenas 10 minutos con nuestro tuk tuk. La playa que nos recibe goza de unas dimensiones descomunales, dejando pequeña a la de Mirissa. La parte oeste de la playa, adornada por la pintoresca isla de Taprobane, está más dedicada al tema de la pesca. Allí es donde volveremos a ver las embarcaciones locales y los postes que utilizan los pescadores para llevar a cabo esta actividad mediante las técnicas tradicionales ceilanesas, creando así la famosa estampa de los pescadores zancudos del sur de Sri Lanka. La parte este, por otro lado, está dedicada casi en exclusiva a la práctica del surf. No pude resistirme a dar aquí mis primeros pasos en esta disciplina, pues la escasa profundidad y la amplitud de la playa la convierten en un lugar idóneo para iniciarse. Al módico precio de 250 rupias por persona para una hora de práctica, alquilamos un par de tablas para principiantes, mayores en tamaño con respecto a las tablas de surf normales. Sin lugar a dudas, una de las experiencias más divertidas del viaje… ¡más que recomendable! Intuyo que podría engancharme con suma facilidad a la práctica de este deporte. Sentir la velocidad que las olas imprimen a nuestra tabla cuando tomamos impulso en el momento justo es ciertamente adictivo… ¡aunque bastante más cansado de lo que creíamos! ¡Una hora fue suficiente! La próxima vez trataré de mantener mi equilibrio durante más tiempo sobre la tabla (sin duda lo más difícil, mis intentos fueron prácticamente en vano…).

Nuestra última noche...

Nuestra última noche…

Saciaríamos el apetito que el esfuerzo nos había generado en el restaurante Sea Food Weligama, en el cual nos preparan al momento el mismo pescado fresco que elijamos de entre los que tienen expuestos, recién sacados del mar. Desconocemos por completo el tipo de pescado que comimos, pero su delicioso sabor acompañado de arroz quedó para siempre en nuestra memoria gustativa. Todo ello por 2000 rupias en total, incluyendo un par de cervezas. Nuestra última noche en Mirissa fue tranquila. Una improvisada hoguera situada en la playa invocaría nuestro espíritu más nostálgico, el poder del fuego en medio de la noche es innegable. Sería una noche cargada de sentimiento y de las memorias de este inolvidable viaje que está ya a punto de concluir. Ballenas azules, elefantes, una cultura apasionante, unos paisajes espectaculares y, ante todo, la calidad humana de los esrilanqueses. Este país lo tiene todo…

El día siguiente pondríamos rumbo a Colombo, y más concretamente a Negombo, para concluir allí con esta aventura, llevando a cabo así nuestra última gran etapa en tuk tuk. La carretera A2 nos llevaría hasta la gran urbe. El trayecto, que discurre constantemente a lo largo de la línea de playa, se torna muy agradable. Efectuaríamos una parada de un par de horas en la ciudad de Galle, provista de un impresionante fuerte costero que data de la época colonial holandesa (siglo XVIII). Estacionaríamos nuestro tuk tuk dentro del propio fuerte, y disfrutaríamos de un bonito paseo por los restos de la ocupación europea colonial, a pesar del brutal calor reinante. Las tranquilas calles del interior del fuerte de Galle son completamente diferentes a la mayor parte del país, parecen haber detenido el tiempo para trasladarnos de nuevo al Viejo Continente, sin perder ese encanto colonial asiático. La verdad es que nos sentimos muy bien allí. Disfrutaríamos, impulsados por este ambiente, de nuestro innecesario lujo del viaje, tomando un par de exclusivos tés ceilaneses de rebuscados sabores (400 rupias cada uno) en la cafetería del ostentoso Hotel Galle Fort. Visitaríamos el fotogénico Faro de Galle, los bastiones del fuerte costero, la Torre del Reloj y los diferentes templos religiosos: la Iglesia de Todos los Santos, la Mezquita de Fort Meeran y el templo budista de Shri Sudharmalaya. Aquí tenéis un poco más de Galle:

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Llegaba la hora de regresar a nuestro tuk tuk para abandonar Galle y, poco después, realizar sendas paradas en la localidad de Hikkaduwa para hacer algunas compras y en el Buda de Peraliya, erigido en honor a las miles de víctimas del tsunami que asoló las costas de Sri Lanka en 2004. La estatua, situada en la isla que emerge del centro de un lago rectangular, cerca de la playa, representa a Buda en pie, y goza de una altura impresionante. Ya sólo pararíamos nuevamente a comer en el Perera & Sons de Bentota(750 rupias en total), antes de llegar a Colombo. Esa ciudad es otro mundo. Los rascacielos sustituyen a la selva para crear un paisaje totalmente distinto. El tráfico, sin ser tan demencial como el que nos atrapó en Kandy, es bastante caótico, aunque a estas alturas del viaje ya no me parece tan terrible…

Buda de Peraliya

Buda de Peraliya

Y allí, en medio de un atasco de dimensiones bíblicas, en la inmensidad de la megaurbe que es Colombo, sólo nosotros podíamos quedarnos sin gasolina. Un pequeño fallo en la organización… El consiguiente enfado de otros conductores debido a la clara obstaculización que creamos desaparece cuando comprueban que somos occidentales, sustituyéndolo por una sonrisa o un par de carcajadas. ¡Supongo que es mejor así!… afortunadamente, aquella botella de combustible de emergencia que nos acompañó durante nuestro periplo por las Tierras Altas permanecía aún con nosotros y aparecería para salvarnos del apuro y, después del “mal trago” y de sobrepasar el peligro que acarrea repostar en medio de la carretera, permitirnos continuar hasta la gasolinera más cercana. Con todo y con ello, nuestra paso por la ciudad más grande del país nos dejó buenas sensaciones, parece una urbe bastante avanzada y algo menos caótica que otras del sudeste asiático, aunque no la visitamos en profundidad.

Dejamos atrás el bullicio de Colombo para impregnarnos de la tranquilidad de Pamunugama, una manga que separa el océano de la Laguna de Negombo, y donde la fe cristiana, a diferencia de la inmensa mayoría del país, es la protagonista. Iglesias e imágenes de santos se presentan ante nosotros en cada intersección, entre viviendas que superan con creces la calidad media del país. Así, finalmente, tras un larguísimo día de carretera, llegaríamos a Negombo, allí donde comenzó nuestra aventura hacía ya casi dos semanas. Rocky nos recibiría de nuevo en Pick & Go, compañía con la que habíamos alquilado nuestro tuk tuk. Lo devolvemos sin ningún problema, todo en orden. Rocky hace gala una vez más de su profesionalidad y “buen rollo”. Es hora de la despedida. ¡Hasta siempre Rekin! La inolvidable compañía de nuestro tuk tuk ha sido uno de los principales factores que han convertido a esta aventura en algo tan increíble. Nunca te olvidaremos… ¡todavía te sigo echando de menos!…

Colombo desde nuestro tuk tuk

Colombo desde nuestro tuk tuk

Tras la triste despedida, buscaríamos una habitación para descansar unas pocas horas antes de nuestro vuelo de madrugada, la cual no tardaríamos mucho en encontrar. 2500 rupias por una habitación doble perfectamente acondicionada en el Lily Resort, situado justo enfrente de Pick & Go, tan sólo cruzando la calle. Además, la agradable pareja que se ocupa del negocio nos gestionaría un tuk tuk para que nos llevase al aeropuerto a las 3 de la mañana por 1000 rupias. ¡Perfecto! Improvisando de manera ejemplar… aunque no tendríamos tanta suerte para la cena. Elegiríamos la peor opción posible en todo Negombo, puede que toda Sri Lanka y hasta quizá en toda Asia: el restaurante, pub o no sé como llamarlo Rodeo. Su atractiva apariencia de salón del oeste americano esconde un personal lento y desagradable. Tras casi una hora de espera, y con nuestros refrescos más que terminados, recibiríamos un par de decepcionantes sandwiches entregados con dudosos modales cuya elaboración no debería llevar más de 5 minutos… ascendiendo todo ello a la nada desdeñable cantidad de 1450 rupias en total. Lamentable… aunque casi exclusivamente la única mala experiencia en este país.

Ya sólo tendríamos tiempo de dormir unas pocas horas y tomar el tuk tuk que nos esperaba puntual a la hora acordada frente a nuestro alojamiento. Es extraño sentarse en la parte de atrás del tuk tuk acostumbrado a ser el conductor… Rekin volvió a pasar por mi mente unos instantes. Así llegaríamos nuevamente al aeropuerto internacional de Bandaranaike, donde un par de cafés y un sandwich por 980 rupias en total pondrían el punto y final a una aventura que nos ha dejado marcados de por vida. Sri Lanka es uno de esos lugares que, una vez visitemos, nos acompañarán siempre de una u otra forma. La vida es un cúmulo de experiencias que nos forman como persona, y ésta ocupa un lugar muy importante ahora en mi ser. Aquellos que hayáis pasado por aquí me entenderéis perfectamente. Esrilanqueses. Esas sonrisas tan sinceras, esa forma de interactuar con los demás y de ver la vida. No es tan complicada como queremos o nos hacen ver a veces. Volvemos a Europa con otra mentalidad, relajados en cuerpo y alma y con ganas de volver a viajar. Viajar es vida, es abrir la mente, eliminar fronteras y descubrir maravillas, ya sea a nivel natural, cultural o personal.

Por eso me siento tan afortunado de poder decir que yo estuve en Sri Lanka, en la isla de Ceilán. Y que ésto no termine aquí… hasta la próxima…

Hasta siempre, Ceilán

Hasta siempre, Ceilán