Los elefantes de Sigiriya. En ruta hacia Kandy

Elefante asiático con su cuidador en Sigiriya

Elefante asiático con su cuidador en Sigiriya

Se nos hace tarde. Al poco de abandonar Polonnaruwa, la noche cae irremediablemente sobre nosotros. Un pequeño contratiempo con nuestro tuk tuk, aunque solventado gracias a la eficaz intervención del personal del Thisara Guest House, es el responsable del retraso. Parece ser que la carretera A11, la cual hemos de tomar para llegar a Sigiriya, nuestro próximo destino, puede resultar peligrosa a esas horas debido a la presencia de elefantes salvajes… ¡varios locales ya nos han advertido sobre este hecho!. Las luces de nuestro tuk tuk van alumbrando en medio de un halo de misterio la frondosa selva que cubre el Parque Nacional de Minneriya. Aunque la tarde anterior habíamos recorrido la misma carretera, ahora luce totalmente distinta. Me había quedado con las ganas de tener uno de esos “peligrosos” encuentros con elefantes salvajes que parecen darse con cierta frecuencia en esta zona. El día anterior no pudo ser, pero aún nos quedaba una última oportunidad…

Entonces ocurriría algo que no olvidaremos jamás. Uno de los momentos estelares del viaje. En la lejanía, observamos atentamente cómo una enorme silueta situada en el borde de la calzada se va volviendo más y más blanquecina a medida que nos aproximamos a ella, debido al alumbrado de nuestro tuk tuk. Como si de un gigantesco fantasma de grandes orejas se tratase, algo invade por completo el arcén de la carretera. ¡¡Elephant!! Grita Monika. ¡Sí, ahora percibo su movimiento! ¡es real! ¡un elefante salvaje! Vaya inyección de adrenalina… camina en dirección contraria a nosotros, pero en el mismo lado de la calzada, con lo cual nos muestra perfectamente su rostro, su trompa y sus ojos. Reduzco la velocidad para cruzarnos con él. Inalterable, impasible con nuestra presencia, continúa tranquila y majestuosamente con su camino. Enorme, espectacular. Y, lo más importante de todo, libre… Inolvidable… siento que estuviera dentro de la película de Jurassic Park en ese momento…

Recorrido de Sigiriya a Kandy (click para ampliar)

Recorrido de Sigiriya a Kandy (click para ampliar)

Tras cruzarnos con él detengo el tuk tuk inmediatamente en el arcén. Nos volteamos para intuir su hipnótico caminar en la oscuridad de la noche mientras se aleja lentamente siguiendo el trazado de la carretera hasta desaparecer. Aquella imagen se quedó grabada para siempre en mi memoria. Una lástima no haber podido tomar fotos en la oscuridad. Aunque veríamos más elefantes asiáticos en Sri Lanka, éste fue el primero. De noche y en libertad. Fue un encuentro muy, muy especial. ¡Como si todo se hubiese tratado de un brillante e inesperado truco de magia!… Pero aquí no acabaría todo. Poco después, los avisos de otros conductores por medio del uso de las luces largas nos alertarían de la presencia de otro elefante, aún mas grande y que decidió invadir no sólo el arcén, si no casi la totalidad de nuestro carril. Realmente impresionante…

Algunos kilómetros más adelante tomaríamos el desvío que parte desde la A11 hasta Sigiriya por una estrechísima carretera (B294) cuyo pavimento, por otra parte, se encuentra en unas condiciones óptimas. Alerta ante una posible presencia de elefantes que podrían ocupar con facilidad todo el ancho de la diminuta calzada, mi conducción se volvería aún más cuidadosa. Dicho encuentro no tendría lugar en esta ocasión, aunque una serpiente con aspecto de cobra en posición de ataque y situada en el borde de la carretera, con la cabeza erguida y probablemente asustada por las luces y el ruido del motor del tuk tuk, nos regalaría otra visión memorable para este inolvidable trayecto nocturno.

Village Guest Sigiriya

Village Guest Sigiriya

Así, finalmente, llegaríamos a Sigiriya y conseguiríamos encontrar, no sin ciertas dificultades y tras preguntar a algunos lugareños, el Village Guest Sigiriya, una casa tradicional ubicada en un bonito entorno natural, a las afueras de la localidad, en la que habíamos reservado una habitación doble para dos noches por $30 en total a través de Booking. La habitación es sencilla pero acogedora, equipada con ventilador, mosquitera y baño propio. La familia que vive allí y que regenta el negocio es sencillamente maravillosa. Todo un ejemplo de humildad, servicialidad y amabilidad. Prácticamente se convive con ellos durante la estancia en el hostal, y es una experiencia más que recomendable. Una vez instalados en nuestra habitación, y con intención de cenar algo, nuestro tuk tuk nos permitiría llegar rápidamente al centro del pueblo, donde varios restaurantes y establecimientos dan vida a la localidad. El más típico plato de Sri Lanka, arroz con curry, constituiría nuestra cena (900 rupias entre los dos en el restaurante Pradeep, incluyendo un par de cervezas de jengibre). Muy bueno. Llegaba, pues, la hora de ir a dormir y acabar así con la euforia producida por un intensísimo día tras haber recorrido Polonnaruwa y completar un traslado con un toque especial a Sigiriya. A la mañana siguiente, nos esperaba la roca más famosa del país.

¡Tocando un elefante por primera vez!

¡Tocando un elefante por primera vez!

Tras un completísimo desayuno en el salón de la guest house, rodeados de retratos familiares y una interesante decoración tradicional esrilanquesa, nos pondríamos en marcha rumbo a la zona arqueológica de Sigiriya. En la carretera principal que atraviesa la localidad, nos detendríamos a saludar a un elefante que una agencia utiliza para pasear a turistas sobre su lomo, y que, por desgracia, se encuentra encadenado y privado de su libertad. Ni Monika ni yo habíamos tenido la ocasión de tocar un elefante con anterioridad, así que nos dispusimos a ello mientras cedimos nuestra cámara a su cuidador para que inmortalizase el momento. Su piel es dura como el acero, y sus pelos firmes como clavos. Impresiona mucho estar tan cerca de semejante animal. Aunque es triste verlo encadenado, al menos parece disfrutar con las caricias de la gente. Si hubiera podido, me lo hubiera llevado a casa… ¡qué preciosidad!

Continuaríamos, pues, nuestro camino hasta la zona arqueológica de Sigiriya, en la que hemos de abonar el desorbitado precio de entrada (4500 rupias por persona). Estamos hablando de uno de los jardines y palacios más antiguos de toda Asia, pues presumen de tener más de 1500 años de antigüedad. El recinto está coronado por la imponente Lion Rock, visible en una periferia de varios kilómetros a la redonda, y debemos cruzar los bonitos y bien cuidados estanques y jardines reales antes de llegar a ella. Recomiendo encarecidamente realizar la ascensión a la roca coincidiendo con la hora más temprana posible (el recinto abre a las 7 de la mañana), pues de esta manera salvamos en cierta medida el abrasador calor que irá progresando a medida que avance el día, ademas de evitar las hordas de colegiales que colapsan el lugar más tarde.

Lion Rock

Lion Rock

Sin llegar a constituir el abordaje al Everest, la subida a sus casi 200 metros de elevación puede tornarse algo dura. Durante la ascensión, cabe destacar una serie de frescos que podrían datar nada menos que del siglo V y que encontraremos en una oquedad a la que accederemos tras una larga escalera de caracol. Éstos representan a una serie de mujeres con el pecho descubierto y ataviadas con gran cantidad de adornos y joyería. Su identidad se desconoce a ciencia cierta, pero la calidad en su elaboración y su estado de conservación teniendo en cuenta que pueden tener más de 1500 años son espectaculares. Mención especial merecen también las enormes garras de león que dan la bienvenida al tramo final de la subida y otorgan el nombre de Lion Rock a esta construcción.

Las vistas de la interminable selva que rodea la citada roca, así como de los jardines reales y del inicio de las Tierras Altas en el horizonte, son espectaculares desde cualquier punto de la ascensión, alcanzando su máximo esplendor en la cima, lugar que el rey Kashyapa eligió para construir, en el siglo V, una fortaleza-palacio que esconde una oscura historia. Cuentan los registros históricos que este monarca, además de asesinar a su propio padre, el rey Dhatusena, había usurpado el poder que por derecho le correspondía a su hermano Mogallana. Éste se vió obligado a huir a la India ante los reiterados intentos de asesinato por parte de su hermano. Con el fin de defender el reino ante el posible regreso de Mogallana para reclamar lo que por derecho le pertenecía, Kashyapa ordenó construir la fortaleza cuyos restos podemos contemplar hoy en día en lo alto de Sigiriya, trasladando allí su capital. Tras 20 años de reinado, Mogallana regresó y venció en batalla a su hermano Kashyapa, el cual parece ser que, una vez vencido, decidió quitarse la vida. Una historia digna de llevar al cine…

Los jardines reales vistos desde la cima de palacio

Los jardines reales vistos desde la cima de palacio

Volviendo a la actualidad, llegando por fin a la cima de la roca, intercambiaríamos algunas palabras en inglés… ¡y polaco!… con el hombre que se ocupa de la limpieza de las ruinas de lo que fue el palacio de Kashyapa. Los esrilanqueses nunca dejan de sorprendernos… mataríamos el tiempo restante eligiendo diferentes lugares para sentarnos y, simplemente, observar y disfrutar de las maravillosas panorámicas que se extienden hacia los cuatro puntos cardinales. Al norte de Lion Rock divisaremos, irremediablemente, a su hermana melliza: Pidurangala. Ambas rocas constituyen los únicos promontorios que sobresalen sobre la enorme explanada que rodea Sigiriya. Sustituir las 4500 rupias que cuesta la entrada a Lion Rock por las 500 que cuesta la de Pidurangala convierten a ésta última en una opción tan válida como tentadora, pues las vistas desde su cima no deben diferir demasiado, parece estar menos masificado de turistas y, además, podremos contemplar la silueta de la Lion Rock desde una ubicación privilegiada. Nosotros no subimos a esta segunda roca, quizá en mayor medida debido al brutal calor de la tarde que a la falta de tiempo.

Concluida, pues, la visita a la zona arqueológica de Sigiriya, partimos rumbo a la población de Habarane con nuestro tuk tuk. Nuestra intención allí era la de hacer un safari a través del Hurulu Eco Park, pues, dependiendo de la época del año, es uno de los mejores lugares para el avistamiento de elefantes salvajes en la zona. El denso tráfico de jeeps acondicionados para safari en Habarane nos muestra rápidamente el epicentro del negocio turístico local. Tras un pequeño paseo y algunas compras por la animada localidad, contratamos el citado safari a través de un guía llamado Jayalath Fonseka, el cual nos pararía por la calle con intención de ofrecérnoslo, y del cual aún conservamos su tarjeta… a pesar de haber constituido uno de los mayores errores del viaje. El precio inicial acordado (3500 rupias para los dos), quizá demasiado bueno para ser real, resulta un fraude. El tipo ni siquiera aparece a la hora acordada, si no que envía a otros dos lugareños que nos conducen, en un jeep diferente del que nos habían mostrado en un principio, hasta la entrada del parque. Y aquí, señores, es cuando llega la gran sorpresa. ¡4000 rupias por persona para entrar! Las 3500 acordadas sólo incluyen el alquiler del vehículo, algo que había quedado totalmente oculto durante la negociación. ¡Cuidado con algunos guías locales, evitad pasar el mal trago y dejadlo todo claro desde el principio!

Tráfico de jeeps en Habarane

Tráfico de jeeps en Habarane

Completamente decepcionados, nos negamos a pagar la entrada. No demasiado contentos, los dos tipos enviados por el guía nos conducen de vuelta al pueblo. Decidimos abonar 400 rupias por el pequeño paseo/gasto de gasolina al conductor, pues probablemente no estuviera al tanto del engaño del que no sabemos si sería su jefe. Resignados, pues, regresamos a Sigiriya. Si íbamos a pagar un precio como ése para hacer un safari, iba a ser en Yala, varios días más tarde. Afortunadamente, ése no será el único recuerdo que nos llevaremos de Habarane, pues comer en el restaurante familiar Alight (1120 rupias en total) había sido una bonita experiencia, teníamos un nuevo y jovencísimo amigo que parecía no haber visto nunca antes a una persona occidental de cerca, y que disfrutó de ese rato tanto o más que nosotros.

Completaríamos una relajada tarde degustando, ya en el patio de nuestro albergue, un par de cervezas locales Lion (las cuales han invadido todo el país) que habíamos comprado en una licorería de Habarane por 270 rupias cada una (tamaño pinta) y, más tarde, un par de lassis en el restaurante Ahinsa, en el centro de Sigiriya, por 500 rupias en total. Allí presenciaríamos otro espectáculo un tanto inusual para nosotros como europeos. El mismo elefante al que habíamos saludado por la mañana estaba siendo paseado por su cuidador a lo largo de la calle principal de Sigiriya, como si de un perrito doméstico se tratase. El animal se paraba a curiosear en tiendas y restaurantes y a interactuar con la gente de la calle. ¡Cuanto menos, curioso!…

Raja compartiendo su sabiduría

Raja compartiendo su sabiduría

Coincidiendo ya con las últimas luces del ocaso, volveríamos al albergue. Allí nos esperaba la cena que habíamos acordado, por la mañana, con la chica del Village Guest Sigiriya por 350 rupias por persona. De las mejores del viaje, sin duda. Maravillosa comida casera local, repitiendo tantas veces como quisiéramos hasta saciarnos. Reposamos un buen rato después de terminar. Acongojados, escuchamos un enorme estruendo repentinamente. Y otro. Varias veces. Por un momento, imaginamos el estallido de varias bombas no demasiado lejos de allí. ¿Pero qué es esto? ¿qué está pasando?… tranquilos. Raja, el abuelo de la familia que regenta el Village Guest Sigiriya, y que vive en la otra casa familiar instalada frente a la primera, tiene la explicación. Se trata de elefantes salvajes. Suponemos que ese estruendo viene tras levantarse sobre sus patas traseras, o al derribar algún árbol. No llegamos a entender la explicación con certeza.

Monika luciendo el sari

Monika luciendo el sari

Durante la noche, los paquidermos pueden acercarse a la población, llegando a ser posible, asegura Raja, verlos en ocasiones por las calles de esta apartada zona. “Tened cuidado si salís, pueden ser muy peligrosos”. Como si de nuestro propio abuelo se tratase. Además de advertirnos del peligro, nos habló, en un inglés bastante aceptable, sobre parte de la historia de su familia y de su país, del orgullo que siente por llevar el nombre de un importante rey de Sri Lanka, sintiendo también curiosidad por nosotros, y nos enseñó cómo prepara una clase de tabaco natural de fumar. Las chicas más jóvenes de la familia ayudarían a Monika a probarse un bonito sari (vestimenta femenina tradicional hindú), llamado también podavai en lengua tamil. Después, nos enseñarían el albúm fotográfico familiar y, entre risas y complicidad, acabaríamos una de las noches más bonitas de todo el viaje, nuestra despedida de Sigiriya. Inolvidable. Por ésto es por lo que de verdad vale la pena viajar a un país como Sri Lanka…

A la mañana siguiente, nos preparan un desayuno diferente al del día anterior pero igual de bueno, y abandonamos nuestro querido albergue, cargados de nostalgia, rumbo al sur, pues nuestro próximo objetivo es Kandy, la capital cultural del país. Deberíamos tomar para ello las carreteras A6 y A9 hacia el sur. El primer alto en el camino corresponde con las Dambulla Caves, donde un policía nos “invita” a utilizar un parking que no sabremos que es de pago hasta que lo abandonemos, momento en el que una señora se apresurará a pedirnos 50 rupias de no muy buenas maneras.

Templo Dorado en Dambulla Caves

Templo Dorado en Dambulla Caves

Un gigantesco Buda dorado corona un curioso templo de grandes dimensiones ornamentado hasta el exceso, y de aspecto algo diferente a lo típico en Sri Lanka, el Golden Temple. Desde este templo se inicia el ascenso hasta las cuevas que dan nombre al lugar. Duro cuando el calor aprieta, como en nuestro caso. Inexplicablemente, al llegar a la entrada de las cuevas se nos informa que los tickets de entrada se han de adquirir en un lugar ubicado bajando una pendiente bastante empinada que se extiende a continuación. Decidimos que las vistas que tenemos ya son lo suficientemente bonitas y damos por concluida la visita a las Dambulla Caves para proseguir con nuestro camino hacia Kandy, con el consiguiente ahorro de efectivo (parece ser que la entrada cuesta alrededor de 1500 rupias)…

Pero todavía haremos otra parada antes de llegar a Kandy: el Templo de Aluvihara. En esta ocasión estacionamos nuestro tuk tuk gratuitamente, si bien gastaremos 60 rupias en un par de helados, mas 250 cada uno por la entrada al templo. Mucho menos turístico pero no por ello menos espectacular, este templo budista se erigió en un impresionante entorno natural formado por la caída de rocas de las montañas aledañas, algunas de las cuales se mantienen en posiciones inverosímiles. Pasear entre sus paredes de piedra, penetrar en las oquedades y cuevas de la zona, admirando sus pinturas y esculturas, es como hacer un interesante recorrido en el tiempo a través de la historia religiosa de la región. Aquí se transcribió por primera vez la doctrina budista, un hito histórico para el país. Me pareció un templo diferente, peculiar. Muy interesante y pintoresco. Ya a punto de abandonarlo, fuimos sorprendidos por otra horda de colegiales en la que algunos de sus miembros se animaron a pedirnos fotos con ellos. ¡Una experiencia más!

Templo de Aluvihara

Templo de Aluvihara

Retomamos nuestro tuk tuk y, coincidiendo con la hora de comer, arribamos a las proximidades de Kandy, donde seríamos sorprendidos por el atasco más horrible, y con diferencia, de los que hayamos podido sufrir en Sri Lanka. Brutalmente caótico, pondría a prueba mis nervios, mi resistencia y mis habilidades más profundas como conductor. Uno de los momentos más difíciles de todo el viaje, sin duda. Una vez superada esta prueba de fuego, lograríamos aparcar en un pequeño apartadero que se abre cerca de la orilla oeste del lago Bogambara y entrar en el centro comercial Kandy City Centre buscando algo de comer. Un moderno espacio dedicado a la restauración y basado en un sistema de tornos y tarjetas para entrar, pagar y salir nos da la bienvenida. En su interior hay stands de comida local, tailandesa, italiana, india, etc. El precio de nuestra factura ascendería hasta las 2120 rupias entre los dos, saciando así nuestro apetito.

Antes de continuar hasta el alojamiento que habíamos reservado en Kandy, decidimos acercarnos a la estación de tren de la ciudad con la finalidad de reservar un par de asientos para el trayecto Nuwara Eliya – Ella, posiblemente el más espectacular del tren que recorre las Tierras Altas. Al ser temporada alta, las plazas se agotan rápidamente, siendo además imposible reservar online. Se debe hacer en alguna de las estaciones principales de la red ferroviaria nacional. Adquirimos un par de billetes para el Observation Saloon (vagón de primera clase situado en la cola del tren y provisto de grandes ventanales panorámicos) en la ida por 1000 rupias por persona, y un par de billetes de segunda clase para la vuelta por 600 rupias por persona. Es posible conseguir precios infinitamente más económicos en tercera clase o segunda sin reserva, comprando el billete en el momento de coger el tren, pero es más que probable quedarse sin asiento al hacerlo de esta manera.

Tonteando en nuestro balcón en Kandy

Tonteando en nuestro balcón en Kandy

Así pues, con nuestro excitante viaje en tren por las Tierras Altas asegurado para un par de días más tarde, y dejando la visita al centro de Kandy para el día siguiente, dirijo nuestro tuk tuk hasta el Eagles Rest Homestay, hostal situado en lo alto de las montañas que se extienden hacia el sur de la ciudad, ya en las afueras. Allí habíamos reservado un par de noches por 44$, incluyendo desayuno, a través de Booking. Completamente inaccesible a pie desde el centro. No exagero cuando aseguro que estamos hablando del mejor alojamiento del que hemos disfrutado en Sri Lanka. Su ubicación, sus balcones con vistas a la montaña selvática colindante, sus desayunos, sus habitaciones y la señora que se ocupa del negocio lo convierten en el lugar perfecto. El baño y la ducha, muy limpios y bien cuidados, son compartidos. Ese podría ser el único pero. La planta alta de la casa dispone de una zona común que regala un atardecer que roza los límites de la realidad… allí despediríamos otro intenso día de viaje. Allí, rodeados de naturaleza y lo suficientemente lejos del bullicioso centro de Kandy como para relajar nuestro cuerpo y mente de una forma que no puedo describir con palabras. Hay cosas que uno tiene que experimentarlas en sus propias carnes…

Impresionante atardecer sobre la selva

Impresionante atardecer sobre la selva