Las montañas de Ella y el safari de Yala

Ella: té y montaña

Ella: té y montaña

El traqueteo del viejo tren va decreciendo progresivamente. Nos acercamos al final del más espectacular viaje ferroviario que hubieramos podido imaginar. Tan sólo unos metros nos separan de la estación de Ella. Allí nos apearemos del tren para continuar con nuestro camino, esta vez a pie, ya que nuestro querido tuk tuk espera nuestro regreso en Nanu Oya. La turística localidad de Ella, situada en un espectacular enclave montañoso, nos recibe con mucho calor y con una amplia gama de restaurantes y pubs orientados única y exclusivamente al turismo (sus precios, también, por supuesto). Elegiríamos el agradable Chill Cafe para comer (2300 rupias en total), pues el viaje en tren había abierto nuestro apetito de manera considerable…

Tras reponer energías, cargaríamos con nuestras mochilas y tendríamos que cruzar todo el pueblo (aunque éste es en realidad poco más que un cruce de carreteras) y proseguir durante una media hora en dirección este hasta llegar al Thilini Homestay, donde habíamos reservado una noche a través de Booking por 23$. Dada su lejanía con la estación, probablemente no es la mejor opción si vamos a tener que cargar con las mochilas, pero nuestra reserva ya estaba hecha antes de decantarnos por la opción del tren, cuando pesábamos que dispondríamos de nuestro tuk tuk también en Ella. El hostal en sí es correcto, la señora que se ocupa de él es muy risueña y prepara unos desayunos más que completos (incluido en el precio).

Recorrido por Ella (click para ampliar)

Recorrido por Ella (click para ampliar)

Ella es una especie de reducto en medio de las más espectaculares montañas de las Tierras Altas dedicado al senderismo en plena naturaleza. Dado el poco tiempo del que disponíamos aquí, ya que debíamos tomar el tren de regreso a Nanu Oya a la mañana siguiente, nos decantaríamos por visitar los dos puntos de mayor interés cercanos a nuestro alojamiento: el Puente de los Nueve Arcos y el Little Adam’s Peak, una pequeña versión del pico más alto de Sri Lanka (Adam’s Peak), localizado al oeste de las Tierras Altas. Sin perder más tiempo, ya que sólo disponemos de una tarde y una noche para Ella, iniciamos el camino prosiguiendo la carretera que continúa hacia el este desde nuestro hostal. Poco después de sobrepasar el hotel Ella Vallee 02, tomamos la bifurcación que parte más hacia la izquierda y, en poco tiempo, nos plantamos en nuestro primer destino.

Un precario mirador nos regala unas vistas soberbias del valle que salva el Puente de los Nueve Arcos, así como de todo el poderoso entorno natural que lo rodea. Una estampa de postal. Si nos hubiésemos quedado hasta las 5 de la tarde hubiésemos podido presenciar, en teoría y siguiendo los comentarios de los lugareños, el paso del tren de las Tierras Altas sobre el puente. Pero, como ya he mencionado con anterioridad, el tiempo no corría a nuestro favor ese día y, tras tomar un par de zumos naturales de fruta en el puesto instalado junto al mirador (cuya terraza ofrece unas vistas del puente aún mejores) por 200 rupias cada uno, retomaríamos el mismo camino que habíamos tomado para llegar hasta aquí, pero en sentido contrario.

Puente de los Nueve Arcos

Puente de los Nueve Arcos

Bastante antes de llegar al hostal, tomaríamos el camino ascendente que parte a mano izquierda hacia el hotel King’s Valley, el cual continúa hasta anexionarse con la ascensión al Little Adam’s Peak, nuestro último destino en Ella. Bonito paseo rodeado de las ya familiares para nosotros verdes plantaciones de té por todas partes. La ascensión a Little Adam’s Peak no es demasiado dura ni tampoco larga. En aproximadamente una hora y media podemos completar todo el trekking de ida y vuelta. A medida que vamos subiendo vamos apreciando en mayor medida la grandiosidad del entorno montañoso desde las alturas, el cual se muestra en todo su esplendor una vez que coronamos el monte. Frente a nosotros, tras una larguísima caída casi vertical, se abre el impresionante valle que recorre la carretera A23, flanqueado en el lado opuesto por la no menos espectacular altura de Ella Rock (hasta donde es posible llegar realizando un trekking bastante más largo, para el cual no disponíamos de tiempo), llegando a divisar incluso las lejanas Ravana Falls. Es difícil describir con palabras el maravilloso paisaje tropical montañoso que se muestra ante nosotros, a pesar de la nieblina del atardecer. A medida que el sol va cayendo, el paraje se va tornando más y más inverosímil, mientras tonalidades rojizas se apoderan de nuestras caras y de la cima del Little Adam’s Peak, oscureciendo el valle que queda por debajo. La calma invade nuestras almas por completo, la temperatura es perfecta y una ligera brisa baña nuestra piel con suavidad. Es otro de los momentos que definen nuestro paso por Sri Lanka, otra de esas estampas inolvidables de este increíble viaje…

Little Adam's Peak

Little Adam’s Peak

Apuramos la vuelta para descender aún con algo de luz. Tomamos el camino que lleva hacia la población de Ella (diferente del que habíamos seguido desde el Puente de los Nueve Arcos), aunque nuestro hostal se encuentra mucho antes de llegar al centro del pueblo. ¡Algún beneficio teníamos que sacar de su no-céntrica ubicación!… una ducha rápida relaja nuestros músculos tras el trekking de montaña y nos anima a acercarnos al centro del pueblo, con una cálida y agradable noche ya sobre nosotros. Allí habíamos quedado con Michal y Monika, la pareja polaca que habíamos conocido un par de días antes en Kandy. Una larga noche marcada por la cerveza Lion (recordemos, la más popular de Sri Lanka) en los pubs de Ella reforzaría aún más si cabe nuestras inolvidables memorias en esta pequeña población, la cual, irremediablemente, abandonaríamos a la mañana siguiente, pues habíamos reservado los billetes de tren con varios días de anterioridad en Kandy.

Recorrer las Tierras Altas en tren nuevamente sería igual de espectacular que el día anterior, aunque en esta ocasión lo haríamos en sentido contrario y en el tren Podi Menike de fabricación china, de color azul y bastante más rápido y moderno que el clásico (el que nos había tocado en el trayecto de ida). En poco más de dos horas y media estaríamos en la estación de Nanu Oya de nuevo, donde Rekin, nuestro tuk tuk, nos esperaba ansioso. Tan sólo un día sin él había sido suficiente para echarlo de menos y para que el polvo lo cubriera tal y como si hubiese estado un mes abandonado. Era hora de seguir con nuestro periplo tuktukero por Sri Lanka. Atravesaríamos parte de Nuwara Eliya nuevamente, repostando y deteniéndonos unos minutos en el templo de Seetha Amman, de creencia hinduista y provisto de una intensa coloración dorada que atraería rápidamente nuestra atención desde la carretera A5.

Haputale

Haputale

Otra dosis de un par de horas de conducción atravesando los impresionantes parajes de las Tierras Altas de Sri Lanka nos llevaría hasta la localidad de Haputale, no sin antes recoger a un viajero alemán con el mismo destino que se acercaría a nosotros aprovechando que habíamos parado a hacer fotos panorámicas de los impresionantes campos de té de la zona. Tras el consiguiente intercambio de experiencias viajeras durante el trayecto, nos despediríamos de nuestro improvisado amigo sobre las brutalmente espectaculares vistas que ofrece Haputale del final de las Tierras Altas en su extremo sur, concretamente desde el cruce de la carretera B353 con la A16. Pareciera que allí mismo se acabase el mundo. Desde las alturas (1409 metros sobre el nivel del mar), observamos cómo las laderas de las montañas caen vertiginosamente prácticamente bajo nuestros pies. El horizonte nos enseña cómo las colinas van perdiendo su altura hasta abrirse prácticamente en una llanura. Aquella espectacular población sería testigo del probablemente mejor almuerzo calidad/precio/autenticidad del viaje, pues degustaríamos un sabrosísimo y casero arroz con curry y pescado por tan sólo 540 rupias entre los dos (incluyendo refrescos) en el restaurante local New Luxmi Bawan, situado a pocos minutos a pie del cruce, subiendo la A16 en dirección este. 100% recomendable.

Haciendo amigos en Diyaluma Falls

Haciendo amigos en Diyaluma Falls

Sin gran demora, pues no disponemos de mucho tiempo para llegar a Tissamaharama (localidad que sirve como puerta de entrada al Parque Nacional de Yala y donde tenemos reservado alojamiento para esa noche), proseguimos nuestro camino hacia el sur. Nos detenemos nuevamente en uno de los miradores de la carretera A16 para admirar una vez más las grandiosas vistas. Continuamos bajando hasta el cruce con la A4, la cual tomaríamos en dirección este sin ser conscientes de lo que nos esperaba. Calificar el estado de esta carretera como lamentable es sobrevalorarla. Con diferencia, la peor de todas las que recorrimos en Sri Lanka. Nuestros traseros acabarían malheridos tras más de 30 km de sufrimiento. Como contrapunto, las vistas, las cascadas que nos encontraremos en el trayecto (entre las que destaca Diyaluma Falls) y, en general, la naturaleza que admiraremos es impresionante. El tráfico es escaso y tiene el valor añadido de cruzar una zona muy tranquila, rural y auténtica, en la que algunas vacas y sorprendidos locales serán los únicos con quienes nos encontraremos. Apartado totalmente de la masificación turística. Si estáis dispuestos a destrozar por completo vuestros traseros y puede que la suspensión del vehículo a cambio de ello, ¡adelante!, sin duda una experiencia inolvidable…

En ruta por la A4

En ruta por la A4

Finalmente, llegamos a Wellawaya y al cruce con la A2, despidiendo así definitivamente a las espectaculares Tierras Altas de Sri Lanka. Pocas veces había sentido semejante alivio. Después de lo que hemos padecido, nos parece que la A2 sea la carretera más lisa y perfecta jamás construida… la recorreremos hacia el sur durante varias horas más hasta llegar, por fin, bajo una noche cerrada y tras un larguísimo día de conducción, al River Side Cabana en Tissamaharama, alojamiento en el que hemos reservado una noche por 15$ a través de Booking. La habitación no es especialmente acogedora y encierra unas elevadas temperaturas que el ventilador apenas es capaz de apaciguar. El personal del alojamiento no es especialmente amistoso en comparación con las experiencias que hemos tenido previamente. Probablemente estamos hablando del hostal que menos nos gustó durante nuestro viaje por este país, aunque para una noche cumple con su cometido. Tras una rápida cena consistente en algunas croquetas, samosas y derivados adquiridas en una tienda local por 350 rupias (ante la imposibilidad de encontrar un restaurante en las cercanías), por fin es hora de descansar. Pero sólo un poco. El safari que hemos contratado a través del propio River Side Cabana para recorrer el Parque Nacional de Yala (6000 rupias por persona incluyendo agua y un desayuno para llevar) comienza a las 5 de la mañana…

Amanecer africano sobre Yala

Amanecer africano sobre Yala

Aún en horas nocturnas, pues, nos ponemos en marcha. Yala es el único Parque Nacional de Sri Lanka en el que existe la posibilidad de avistar leopardos. Ésa era nuestra intención y la única razón de haber venido hasta aquí, pues hay otros Parques Nacionales más propicios para el avistamiento de elefantes u otras especies. Durante el trayecto hasta la entrada de Yala, efectuamos una parada en otro hostel para recoger a una pareja de franceses que serán nuestros compañeros de aventura, pues nuestro jeep dispone de 4 plazas para pasajeros y está perfectamente equipado para el safari, dotado de barras de seguridad y unos amplios ángulos de visión desde las alturas. Nos detenemos frente a la entrada del parque, donde se congregan ya un gran número de jeeps cargados de turistas preparados para el safari, armados con sus cámaras reflex. Afortunadamente, este gentío se diluye en la inmensidad del Parque Nacional. Allí tendríamos que esperar un buen rato hasta poder acceder, tiempo que aprovecharíamos para conocer un poco más a nuestros compañeros de viaje y para aprovisionarnos de galletas y zumo en la tienda que se ubica tras el centro de visitantes.

De safari con nuestros compis franceses

De safari con nuestros compis franceses

Finalmente, coincidiendo ya con las primeras luces del alba, nuestro jeep se pone en marcha y accedemos al Parque Nacional de Yala. Comienza nuestro safari. Un rojizo sol se levanta entre los pequeños árboles que preceden al parque, haciéndonos sentir que estuviésemos en África por unos instantes. Parece ser que el amanecer es el mejor horario para ver leopardos. Sin embargo, la fortuna que nos había acompañado en otras facetas de esta aventura no nos sonreiría en esta ocasión. No podríamos ver nada mas allá de los fantasmagóricos esqueletos de los desafortunados animales devorados por los felinos en su territorio. Aún sin poder disfrutar de la estrella de Yala, un recorrido por este Parque Nacional es interesante, los parajes de bosque, roca, humedales y playa son bastante peculiares, y pudimos avistar un amplio abanico de fauna local incluyendo cientos de tipos de aves exóticas, facóqueros, búfalos, cocodrilos, monos o un espectacular ritual de apareamiento llevado a cabo por un par de pavos reales tratando de impresionar a la misma hembra con su colorido plumaje.

El vehículo y nuestro guía

El vehículo y nuestro guía

Pero si por algo recordaremos nuestra visita al Parque Nacional de Yala será por lo que presenciaríamos a continuación. Al fin, Monika no se equivocaría al decir “elephant” al ver cualquier silueta en movimiento. La imposibilidad de avistar leopardos había convertido al elefante en el encuentro más ansiado. Finalmente, un macho lleno de vitalidad aparecería frente a nosotros refrescándose en una de las numerosísimas lagunas del parque. Estaba allí, libre, tan sólo a unos pocos metros de nosotros, y a plena luz del día (a diferencia de los elefantes en libertad que habíamos visto cerca de Sigiriya, en horario nocturno). Tras beber agua en la orilla, se zambulliría en la laguna para regalarnos uno de los espectáculos naturales más bonitos que haya podido presenciar en toda mi vida: contemplar la alegría y vitalidad que desprende un elefante salvaje tomándose un baño en completa libertad. Su sonoro barritar y sus constantes chapoteos en el agua lo convertirían en el rey absoluto del entorno. Como si estuviésemos dentro de un documental de National Geographic. Una maravilla de la naturaleza. Contemplar animales libres, en su hábitat, con sus fuerzas y sus instintos intactos, no tiene precio… impresionante…

Tras el inolvidable encuentro, haríamos un descanso de 15 minutos en la playa del Parque Nacional, completamente salvaje, muy agradable y dotada de los baños que necesitábamos desde hacía ya un tiempo… la segunda parte del safari estaría marcada por un par de encuentros más con elefantes (aunque más lejanos y menos visibles que el anterior), primero dos adultos buscando alimento en una enorme zona pantanosa repleta de aves y después una madre tomando un baño con su pequeño, una estampa preciosa. Cientos de búfalos también harían acto de aparición, y el último tramo de vuelta recorriendo una interminable recta intensamente bacheada se nos haría demasiado largo, además de constituir una prueba de fuego para nuestros estómagos. Así concluiríamos nuestro safari en el Parque Nacional de Yala, el cual, como prácticamente todos los lugares que visitamos en Sri Lanka, dejaría inolvidables recuerdos en nosotros. He aquí una pequeña muestra de la fauna observada:

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Tras tomar varias porciones de fruta ofrecidas por los empleados del hostel (desconocemos si se hace para todos los clientes o es parte del safari contratado), abandonamos el River Side Cabana para detenernos a comer en el restaurante Tharu’s, situado ya a las afueras de la poco acogedora ciudad de Tissamaharama. Como no podía ser de otra manera, el restaurante nos trae otra decepción. Esta vacío y los empleados parecen ignorarnos. Nos acercamos a un joven y tratamos de pedir algo de comer, pero somos incapaces de comunicarnos con ellos, no hablan inglés ni parecen tener mucho interés en mantener a la clientela. Finalmente nos ponen tan sólo un par de “refrescos” calientes. Los tomamos rápidamente, nos apresuramos a pagar y, sin mas dilación, abandonamos definitivamente Tissamaharama. Después de no haber encontrado un sólo restaurante para cenar la noche anterior en las proximidades del hostel y de no haber podido comer en condiciones tampoco en esta ocasión, ya hemos tenido suficiente. Ahora sólo pensamos en nuestro próximo destino: Mirissa. Para llegar allí, tomaremos nuevamente la carretera A2 hacia el suroeste, atravesando la sorprendentemente desarrollada zona de Hambantota, cuyas modernas carreteras e infraestructuras nada tienen que envidiar a los países occidentales de primer nivel económico.

Tras varias horas más de conducción llegamos, agotados, a Mirissa. ¡Por fin, playa!, es hora de descansar. Allí gastaremos nuestros últimos y relajados días en Sri Lanka, y perseguiremos un encuentro con gigantes… los mayores del planeta… ¡la ballena azul!… y es que éste es un país de gigantes. Nuestra aventura ceilanesa no cesa en el empeño de convertirse en una experiencia cuyo grato recuerdo nos acompañe por el resto de nuestras vidas…

 

 

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