De Negombo a Polonnaruwa. El Reino Cingalés

La noche todavía oculta el verdor de Sri Lanka. Aún quedan un par de horas para el amanecer. Desde el aire, contemplamos cómo las luces de los navíos y de la enorme ciudad de Colombo acompañan a un bonito cielo estrellado. Nuestro avión llega puntual. Por fin, pisamos suelo ceilanés. Tras una breve introducción sobre el país y los datos relativos al alquiler del tuk tuk, comenzamos con el relato de la aventura que nos marcó para siempre, punto por punto.

Emma buscando sustancias ilegales

Emma buscando sustancias ilegales

Casi 3 meses antes de aquella noche, nuestros planes viajeros se habían materializado. ¡Teníamos nuestro vuelo de Emirates con destino Sri Lanka! £331 por persona lo habían hecho posible a través de Travel Trolley. La calidad de la compañía aérea Emirates es indiscutible, aunque el hecho de no poder elegir asiento gratuitamente nos pareció algo más propio de Ryanair que de la todopoderosa aerolínea de Oriente Medio… 13 horas de vuelo, incluyendo una escala de una hora y media en Dubai, nos habían traído hasta el Aeropuerto Internacional de Bandaranaike, ubicado al norte de Colombo. Punto de entrada más habitual en la isla. Nuestra primera toma de contacto con la gente de Sri Lanka ya comenzaría a demostrarnos la amabilidad de los lugareños. Dentro del propio aeropuerto, también entablaríamos amistad con Emma, una simpática perrita policía que, tras olfatear nuestro equipaje en busca de sustancias ilegales, se quedaría jugando un rato inocentemente con nosotros…

En el propio aeropuerto, cambiamos algunos dólares por rupias (a diferencia de la mayoría de aeropuertos a nivel internacional, aquí el cambio es bastante favorable), y adquirimos una tarjeta SIM de la compañía Dialog por 1300 rupias. Una rupia de Sri Lanka tiene aproximadamente el mismo valor que una de nuestras queridas y antiguas pesetas, es una buena referencia para el viaje (1€ = 162 rupias). La tarjeta incluye minutos y datos más que suficientes para cubrir una estancia de hasta un mes en Sri Lanka, fecha a partir de la cual perderíamos el saldo no consumido. Nos sería muy útil sobre todo para consultar Google Maps o comunicar rápidamente con familiares y amigos (el wifi de los hostales puede llegar a desesperarnos considerablemente).

Playa de Negombo

Playa de Negombo

Tras abonar 300 rupias por una botella de agua y otra de Pepsi, abandonamos el aeropuerto para volver a sentir, a pesar de la tempranez, el clima tropical de esta zona del globo. Nos dirigimos a la carretera principal, donde podremos contratar los servicios de algún tuk tuk por un precio mucho más económico que el de los taxis que se sitúan en la misma salida de la terminal. Una dura negociación concluiría en un precio de 1000 rupias por el traslado hasta la zona hotelera de Negombo, localidad muy cercana al aeropuerto que se sirve de este hecho para atraer al turismo. Allí se encuentra Pick and Go Travels, compañía en la que recogeríamos el tuk tuk que habíamos reservado previamente con la idea de recorrer Sri Lanka. Pick and Go abría a las 8:30h, y nosotros llegaríamos a Negombo alrededor de las 6:00h. Cabe mencionar que las cafeterías, restaurantes y derivados en Sri Lanka no abren hasta las 9:00 ó 10:00h, con lo cual la única opción que nos quedaba hasta entonces era disfrutar de la enorme y tranquila playa de la localidad, agradable pero incomparable a las del sur de la isla, más paradisíacas. Quizá lo más llamativo aquí son las oruwas (embarcaciones tradicionales de pesca de estilo catamarán) que descansan sobre la arena esperando su momento de salir a faenar, las cuales volveríamos a ver en cada pueblo pesquero del país.

Campos de Sri Lanka

Campos de Sri Lanka

Aproximándonos ya a la esperadísima hora de recogida de nuestro tuk tuk, nos dirigimos a Pick and Go para tomar un desayuno decente en el hotel Blue Elephant, situado en el edificio contiguo, por 6$ cada uno. Con las energías repuestas, recogemos nuestro tuk tuk y nos disponemos a iniciar la gran aventura… ¡podréis encontrar todos los detalles del alquiler en mi anterior post!. El trayecto que habíamos programado para el primer día no era apto para principiantes… pues nada menos que 200 km nos separaban de nuestro primer destino real en Sri Lanka: Polonnaruwa. 200 km en tuk tuk se traducen en unas 6 horas de conducción (el límite de velocidad es de 40 km/h), sumando a esto las paradas pertinentes. Pero teníamos tiempo, y la excitación de iniciar semejante aventura nos mantendría muy vivos durante todo el trayecto. A medida que el día fuese avanzando, iríamos sintiendo más y más ese calor tropical tan característico de esta zona de Asia.

Ese día constituiría, sin duda, mi bautismo de fuego a los mandos de Rekin, nuestro tuk tuk. Tras unos difíciles momentos iniciales, debido al caótico tráfico urbano de Negombo y Kurunegala, poco a poco iría dominando más y más nuestro vehículo hasta sentirme como un esrilanqués más al volante, llegando a realizar las mismas aparentemente temerarias maniobras que en un principio critiqué con ahínco. Es entonces cuando uno comienza realmente a disfrutar de la conducción del tuk tuk y del maravilloso paisaje tropical que nos rodea constantemente. Palmeras de todas las alturas posibles, búfalos, vacas y campos de cultivo de un verdor centelleante van dibujando un paisaje “colonial” maravilloso.

Buda de Kurunegala

Buda de Kurunegala

Nuestro primer alto en el camino correspondería con la propia ciudad de Kurunegala, donde pondríamos a prueba a Rekin (con éxito) escalando una tremenda cuesta que nos llevaría hasta la enorme estatua de Buda que corona la ciudad desde lo alto de la colina de Athugala. Las vistas desde allí son sobrecogedoras. El lugar se encuentra prácticamente solitario, y Buda controla majestuosamente la gigantesca llanura sobre la que se extiende Kurunegala, cubierta por completo, una vez acaba la población, de un frondosísimo bosque tropical que ocupa hasta donde alcanza la vista. Una primera vista panorámica de Sri Lanka aún más impresionante de lo que habíamos imaginado.

Con estas buenas sensaciones, proseguimos nuestro camino hasta las proximidades de Inamaluwa, donde pararíamos a comer en un restaurante de carretera, probando diferentes tipos de arroz y pasta junto con un par de cervezas de jengibre por 1300 rupias en total, un precio muy superior a la media del país, la cual iríamos descubriendo en días posteriores. Después, nuestro recorrido continuaría hasta la localidad de Habarane, donde abandonaríamos la carretera A6 que habíamos recorrido durante prácticamente todo el día para tomar la A11 que conduce hasta Polonnaruwa, nuestro destino. Esta carretera se vuelve algo más sinuosa a la par que divertida, y el hecho de atravesar el Parque Nacional de Minneriya le confiere unas vistas más salvajes e inhóspitas de las que nos venían acompañando hasta entonces. Varios carteles alertan sobre la posible presencia de elefantes salvajes en esta carretera, invitando a los conductores a reducir la velocidad y alertar los sentidos, pues un encuentro podría ser peligroso tanto para ellos como para nosotros. Aunque mi interior deseaba ese encuentro con todas sus fuerzas…

Recorrido por Polonnaruwa (click para ampliar)

Recorrido por Polonnaruwa (click para ampliar)

Dicho encuentro no tendría lugar. Por el momento. Sería sustituido por una intensa lluvia tropical que nos obligaría a detener el tuk tuk en el arcén, allí, en medio de la selva, y cubrir sus laterales con las cortinas de plástico instaladas en el propio vehículo con esa finalidad. El sentimiento de aventura cada vez invadía en mayor medida nuestros corazones. La lluvia no demoró demasiado en amainar, y pudimos llegar a nuestro destino coincidiendo ya con las últimas horas de la tarde. Para evitar perder tiempo buscando alojamiento en cada destino, y dado que ésto se complica aún más al coincidir con la temporada alta para el turismo en el país, decidimos reservar todos los alojamientos del viaje con antelación, a pesar de la consiguiente pérdida en libertad de movimientos, aunque con la ventaja de poder leer las opiniones de otros viajeros para ayudarnos a decidir. El hecho de disponer de vehículo propio abría ampliamente el abanico de posibilidades, pues no necesitábamos alojarnos cerca de los centros urbanos o las estaciones de tren/autobús.

Nuestra elección para Polonnaruwa había sido el Thisara Guest House, donde habíamos reservado una noche en habitación doble con ventilador por £12 a través de Booking. El brutal cansancio acumulado después de 3 horas de coche, 16 de avión/aeropuertos, otras tantas de espera y unas 7 de tuk tuk, todo ello apenas habiendo dormido un par de horas en el avión, conectaría mi mente con el mundo de los sueños a los pocos segundos de recostarme sobre la hamaca situada frente a nuestra habitación. Ésta ofrece unas preciosas vistas de los campos de arroz que se extienden frente al hostal, el cual se ubica en un bonito entorno natural rodeado de una paz absoluta. Finalmente, con la ayuda de Monika, lograría trasladarme al interior de la habitación (sencilla pero suficiente, y en la que compartimos el baño con un par de simpáticas ranitas) para continuar allí con mi merecido descanso hasta la mañana siguiente.

Thisara Guest House

Thisara Guest House

A plena luz del día, los campos de arroz que se extienden frente al Thisara Guest House lucen radiantes, y un completísimo desayuno (incluido en el precio de la reserva) bajo el porche instalado frente a ellos nos llenaría de unas energías inmejorables para comenzar a recorrer la zona histórica de Polonnaruwa. Esta ciudad fue convertida en la capital del Reino Cingalés en el siglo XI, tras la caída de su predecesora, Anuradhapura, ante los invasores Cholas procedentes de la India. Polonnaruwa continuaría siendo la capital hasta el siglo XIII, cuando sería trasladada a Kandy. Creo que es importante, en este punto, hacer referencia al llamado triángulo cultural de Sri Lanka, cuyos vértices serían Anuradhapura, Polonnaruwa y Sigiriya. El abusivo precio de entrada para cada uno de estos lugares (de 20 a 30€ por persona), invita a visitar tan sólo una parte, en especial si no se dispone de demasiado tiempo para esta zona. Nosotros nos decantamos por Sigiriya, casi un símbolo nacional (del cual hablaremos en el siguiente post), y Polonnaruwa, ya que, hoy en día, su estado de conservación es considerablemente superior al de la otra capital histórica, Anuradhapura (además de cuadrad mejor en nuestra ruta).

Recorreríamos, pues, gracias a nuestro tuk tuk, casi la totalidad de los restos de la antigua capital del reino de sur a norte, pues la parte excavada se ordena prácticamente en línea (la ciudad fue mucho más grande en el siglo XII, pero gran parte permanece aún oculta entre la vegetación). Nuestra visita comenzaría en el Rajamaha Viharaya, un pequeño templo apartado de todos los recorridos turísticos con el que daríamos, fortuitamente, buscando la antigua biblioteca. Un hombre que se encontraba charlando con un monje se acercaría a nosotros para saludarnos y explicarnos la historia del templo, además de abrir la estupa principal para que pudiéramos acceder a su interior. Un tipo muy servicial y desinteresado, como prácticamente todos los esrilanqueses.

Palacio del Rey Nishshanka Malla

Palacio del Rey Nishshanka Malla

Después, esta vez si, encontraríamos la antigua biblioteca (Pothgul Vehera), en la cual los eruditos budistas de la capital estudiaron durante los siglos XII y XIII. Cabe mencionar la curiosa estructura redonda en la que se ubica la habitación central del complejo, la cual hoy en día ha perdido su bóveda. Al norte de la librería encontramos la Maha Parakramabahu, una estatua de 3,5 metros de altura que inicialmente se creía que representaba al Rey Parakramabahu, aunque hoy en día genera dudas sobre su verdadera identidad. Tras visitar la zona sur de las ruinas, un agradable y sosegado paseo en tuk tuk a orillas del Lago Bendiwewa nos conduciría hasta el aparcamiento del museo arqueológico. Allí, una vaca muy curiosa animaría la mañana acercándose a nosotros y metiendo el hocico en el interior del habitáculo de nuestro tuk tuk. Desde el propio aparcamiento se accede fácilmente, caminando en dirección norte, a los Baños Reales y el Palacio del Rey Nishshanka Malla. El citado palacio fue construido en una bonita zona a orillas del lago, y el impresionante león que corona el templo columnado se erige como el dueño y señor del lugar.

De vuelta al museo arqueológico, hemos de abonar la entrada del complejo histórico de Polonnaruwa (3.750 rupias por persona), la cual habremos de mostrar a los guardias ubicados en los diferentes puntos de control del recinto. El museo resulta interesante para acercarnos un poco más a la rica historia de la ciudad, así como a sus influencias tanto budistas como hinduistas, religiones que se encuentran algo fusionadas en muchos lugares de Sri Lanka. Nos dispusimos a saciar el apetito que estas visitas habían generado en nosotros degustando unos riquísimos noodles (750 rupias en total incluyendo un par de refrescos y postre) en un restaurante local situado junto al Seylan Bank que está frente al museo, al otro lado del canal (aprovechamos también para cambiar allí algunos dólares por rupias).

Palacio del Rey Parakramabahu

Palacio del Rey Parakramabahu

Sería hora de adentrarnos, pues, en el corazón arqueológico de Polonnaruwa, cuyo acceso se ubica un poco más hacia el norte, a mano derecha. Nuestra primera visita en esta zona es el Palacio del Rey Parakramabahu, uno de los más grandes monarcas de la historia de Sri Lanka, pues unificó todos los reinos de la isla, potenció la creencia budista y el desarrollo militar del país, e instaló sistemas de regadío masivos para las cosechas. Durante su reinado (1153-1186), se alcanzó la edad de oro de Polonnaruwa. Hoy en día, los muros de su antigua residencia siguen luciendo imponentes, y sólo podemos llegar a dibujar en nuestra imaginación lo grandiosa que debió ser en su época, cuando disponía de nada menos que 7 plantas. La colonia de monos que habita la zona, correteando y saltando entre las ruinas, le da un toque de civilización perdida aún más misterioso y aventurero.

En la parte este del Palacio del Rey Parakramabahu, el Salón de Audiencias conserva unos magníficos frisos de elefantes y está coronado en su parte superior por un gran número de columnas y algunos leones, tal y como ocurría en el Palacio del Rey Nishshanka Malla, aquel ubicado frente al lago. Aún más al este, podemos descender hasta los antiguos Baños Reales (diferentes a los anteriores), cuyo estado de conservación es excelente, y los cuales tienen una vista preciosa desde lo alto, rodeados de vegetación tropical. En un pequeño puesto instalado allí, degustaríamos un par de polos de hielo (100 rupias cada uno) que nos ayudarían a apaciguar el calor.

Vatadage, en el Cuadrángulo

Vatadage, en el Cuadrángulo

Tras visitar el palacio y sus alrededores, retomamos nuestro tuk tuk hacia el norte hasta uno de los complejos más importantes de los restos de Polonnaruwa: el Cuadrángulo. Uno de los edificios construidos antaño en esta zona resalta sobre los demás, y no es fruto de la casualidad. Estamos hablando del Vatadage. Esta interesante estructura circular con 4 puertas orientadas a los 4 puntos cardinales fue concebida para albergar la importantísima reliquia del diente de Buda que actualmente se guarda en Kandy, y que goza de una reputación sagrada no sólo en Sri Lanka, sino en todo el mundo budista. Los detalles de frisos y relieves alrededor del edificio, especialmente en las escaleras que conducen a cada puerta, son maravillosos. Su envidiable estado de conservación nos traslada fácilmente a la época dorada de Polonnaruwa y nos ayuda a sumergirnos en su vibrante historia. El Cuadrángulo también alberga otros edificios de importancia histórica tales como el antiquísimo Atadage, las curiosas columnas valladas de piedra del Nissanka Latha Mandapaya, o los serenos budas que alberga la oscuridad del interior del Thuparama, uno de los pocos edificios de la ciudad que conservan su techo.

Pabula Vihara

Pabula Vihara

Dejando el Cuadrángulo hacia el norte, nuestro tuk tuk y un pequeño camino que se desvía hacia el este nos permitirán visitar la solitaria Pabula Vihara, situada en un claro del bosque apartado de los recorridos turísticos más típicos de Polonnaruwa, algo que le otorga un valor añadido de tranquilidad que valoro considerablemente. Esta enorme estupa en forma de sombrero es la tercera más grande de la ciudad, y la paz que allí se respira es algo difícil de olvidar, acompañados tan sólo por la naturaleza y los restos de la historia medieval de Ceilán. Muy agradable. Tras este rato de relax, continuamos nuestro recorrido, como no podía ser de otra manera, en dirección norte, estacionando en esta ocasión frente a Rankoth Vihara. Sus 33 metros de altura la convierten en la mayor estupa de Polonnaruwa y la cuarta del país. Allí volvemos a encontrarnos con el gentío, especialmente molesto cuando de grupos de colegiales adolescentes se tratan, los cuales reconoceremos fácilmente en todos y cada uno de los puntos históricos de Sri Lanka, pues sus miembros se cuentan por centenares y van vestidos completamente de blanco. Éstos grupos de adolescentes, además del ruido y el colapso que generan en cada lugar que visitan, son las únicas personas en todo el país que pueden llegar a resultar desagradables, pues en ocasiones se divierten molestando a los turistas extranjeros. Única nota negativa en contra de la maravillosa gran mayoría de esrilanqueses…

Magnífico ejemplar de langur

Magnífico ejemplar de langur

Caminaríamos hacia el norte desde Rankoth Vihara, atravesando algunos de los mayores templos y estupas de la antigua ciudad. Entre ellos cabe destacar el Templo de Lankatilaka, cuyos gigantescos muros resguardan los restos decapitados de lo que fue en su día una enorme estatua de Buda en posición erguida, y que a pesar de ello siguen luciendo impresionantes. Cabe mencionar también la estupa de Kiri Vehera, menor en tamaño que Rankoth Vihara pero que, a diferencia de ésta, luce una bonita coloración blanca muy llamativa. Esta zona se encuentra habitada por una colonia de esbeltos y señoriales langures, primates de mayor tamaño con respecto a los monos macacos que veremos en casi todo el país, de aspecto largo, delgado y con una curiosa coloración negra en la cara y las orejas. Sin duda, le dan un toque más exótico y atractivo a las ruinas. Y así es como, finalmente, llegaríamos a la gran estrella de Polonnaruwa, nuestra última visita allí: Gal Vihara.

Hordas de colegiales en Gal Vihara

Hordas de colegiales en Gal Vihara

Construidas en el siglo XII bajo el reinado del gran Parakramabahu I, las cuatro estatuas de Buda talladas en el frontal de la enorme roca que yace frente a nosotros están consideradas como el súmmum del arte cingalés. Su finura, su calidad en los detalles y su perfección están fuera de toda duda. La obra está compuesta por dos budas sentados, uno en pie y otro reclinado. Éste último, el mayor de todos ellos, supera los nada más y nada menos que 14 metros de longitud. A pesar de representar el último nirvana del maestro, su rostro sereno infunde paz y satisfacción. La meta del budismo. Dispusimos todavía de algo de tiempo para disfrutar de la perfección de semejante obra antes de la llegada de hordas de colegiales que acabaron con la paz del lugar y con nuestra visita a los restos de la antigua capital del Reino Cingalés, así como a una parte muy importante de su rica historia.

Concluido, pues, el día en Polonnaruwa, regresaríamos a nuestro alojamiento para hacer el check out e iniciar un recorrido nocturno que jamás olvidaríamos hasta nuestro próximo destino: Sigiriya. ¡Más detalles en mi próxima actualización! ¡Hasta pronto!

Rankoth Vihara, la mayor estupa de Polonnaruwa

Rankoth Vihara, la mayor estupa de Polonnaruwa

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