Trekking del lago Inle a Kalaw. La Roca Dorada

Amanece sobre Nyaungshwe. Disfrutamos nuevamente del desayuno del Manaw Thu Kha para, una vez finalizado, poner rumbo al local de la agencia Zodiac, donde nos obsequian nuevamente con botellas de agua y mandarinas a modo de provisiones para el recorrido, y donde nos espera Aung, el que será nuestro guía durante el trekking de 45 km que tendremos que completar en dos días desde el lago Inle hasta la población de Kalaw, donde la propia agencia nos ha reservado una noche en el Railroad Hotel por 20$. Habíamos reservado dicho trekking un par de días antes al precio de 50$ por persona.

Iniciando los 45 km de trekking

Iniciando los 45 km de trekking

Es hora, pues, de ponerse en marcha. Aung nos conduce nuevamente hasta el canal que conecta Nyaungshwe con el lago Inle, donde embarcamos en una lancha como la del día anterior en la que volvemos a cruzar casi la totalidad del lago Inle para desembarcar en la zona suroeste del mismo, desde donde dará comienzo nuestra andadura. Las primeras horas transcurren por terreno llano, atravesando campos muy secos (no en vano nos encontramos en la época seca de Myanmar) en los cuales los bueyes pastan a sus anchas. Realizamos un par de paradas técnicas en pequeñas aldeas en las que se nos ofrece té hirviendo, el cual, sinceramente, no apetece demasiado teniendo en cuenta el calor que estamos padeciendo, aunque aceptemos de buena gana.

Durante este primer trayecto comenzamos a conocer un poco más a nuestro guía, Aung, y aprendemos interesantes datos sobre su cultura. Él es de origen Shan, etnia que predomina en la zona, se casó con 17 años y fue padre con 18. Ahora, tiene 30 años y 2 hijas casi adolescentes. Definitivamente, aquí los ritmos son completamente diferentes a los europeos. Tras esta primera toma de contacto con el trekking que llevaremos a cabo durante dos días, llegamos al punto donde comienza la primera ascensión. Aung nos cede el paso, para que seamos nosotros quienes decidamos el ritmo que podemos mantener. Nos espera una hora bastante dura cuesta arriba y, en mitad de la misma, conoceríamos un dato, cuanto menos, inquietante. Aung nos informa que el día siguiente atravesaremos una zona en la que habitan cobras y otro tipo de serpientes cuyo nombre no llegamos a entender, pero cuya descripción recuerdo con total claridad: “if it bites you, you die” o, lo que es lo mismo, “si te muerde, mueres”. ¡¿Y nos lo dices ahora?!… la congoja se apodera de nuestras gargantas…

Descansando antes de comer

Descansando en una casa Shan antes de comer

No sin cierta preocupación, completamos la primera y más prolongada ascensión que tendremos que realizar en todo el trayecto, y nos disponemos a realizar una nueva parada para recuperar el aliento. Tras otro rato caminando y charlando con Aung, paramos a comer en una casa de lo más típica instalada en otra aldea Shan, donde una joven nos prepara unos deliciosos noodles Shan de textura caldosa. La casa está fabricada en bambú y está elevada sobre el suelo para evitar posibles torrentes de agua o la entrada de animales en la misma, tal y como la mayoría de construcciones en estas aldeas.

El resto del día transcurre atravesando campos extremadamente secos que no destacan especialmente por su belleza, y recorriendo caminos de una tierra rojiza que tiñe completamente nuestras botas de ese color. Bajo mi punto de vista, lo más interesante de esta excursión es tener la ocasión de atravesar las recónditas aldeas Shan (entre otras etnias) que se encuentran en el trayecto, en las que seremos saludados por cientos de curiosos niños, podremos contemplar a las lugareñas confeccionando cestas y otros objetos de bambú y profesando un estilo de vida completamente diferente del que estamos acostumbrados.

Mujer Shan trabajando

Mujer Shan trabajando

En estas aldeas, cada familia tiene sus bueyes y su carro “aparcados” en la puerta de casa, equivalente a nuestros coches en las culturas occidentales. Aquí, existe una cierta injusticia en cuanto al volumen de trabajo con el que cargan las mujeres, las cuales transportan agua, alimentos u otras materias primas sobre la cabeza, preparan la comida y realizan otro tipo de trabajos mientras sus maridos esperan sentados en casa tomándose una cerveza o, en su caso, realizando trabajos menores. Y cito palabras textuales de nuestro guía. Parece ser que ellas son las que sacan adelante a sus familias y permiten que las aldeas perduren en el tiempo.

Tras un largo día de trekking, ya casi coincidiendo con el atardecer, llegamos a una antigua escuela situada en otra de estas aldeas, en la cual pasaríamos la noche. Nuestra cama consistía en varias mantas instaladas sobre el suelo sin colchón, y nuestra ducha/lavadora en un barril de agua situado en el exterior y rodeado de varias tablas de madera. ¡He de reconocer que me encanta experimentar este tipo de cosas tan diferentes a lo habitual!

Cena y guitarra

Cena y guitarra

Aquí coincidimos con varios viajeros occidentales que estaban realizando el trekking en sentido opuesto, es decir, de Kalaw al lago Inle, trayecto más asequible ya que el desnivel en ese sentido es descendente. Entre ellos, nos llevamos una grata sorpresa al reconocer a dos de las chicas francesas que habían sido nuestras compañeras de travesía en el barco de Mandalay a Bagán. Cenaríamos todos en el salón del edificio para después continuar la velada con algunas cervezas, juegos de cartas, risas y una interesante mezcla de canciones tocadas a guitarra y cantadas en birmano, francés e inglés. Una noche inolvidable en algún punto perdido en mitad de los bosques del estado Shan en Myanmar…

A la mañana siguiente, sin haber dormido demasiado, nos levantamos a las 6 de la mañana para desayunar y continuar con nuestro camino, acompañados de las luces del amanecer y algunos madrugadores lugareños que empiezan a transitar los terrosos caminos de la zona sobre sus carruajes tirados por bueyes. Atravesaríamos varias aldeas más, campos parecidos a los del día anterior y la zona habitada por serpientes a la que Aung hizo referencia previamente, donde un roedor nos daría un susto considerable al remover un arbusto. Afortunadamente, sólo quedó en eso. No tuvimos ocasión de ver ninguna serpiente venenosa.

Bonito refugio para el calor

Bonito refugio para el calor

Tras varias horas caminando, llegamos hasta una preciosa cueva cuya entrada cuesta 1000 Kyats por cabeza, provista de un interior plagado de imágenes de buda y otros símbolos religiosos, y donde la bajada de temperatura se agradece de sobremanera. Acto seguido, tomaríamos una sopa y unas deliciosas piezas de tofu con una exquisita y ligeramente picante salsa de legumbres en un puesto cercano al templo. Al igual que el resto de comidas durante la excursión, incluida en el precio de la misma.

Apenas un par de horas más tarde, tras atravesar un pinar montañoso que recuerda extrañamente a la sierra de Madrid, volveríamos a la civilización entrando en una población mucho mayor y diferente a las aldeas que habíamos visitado durante estos dos días. Los carteles de la localidad no dejaban lugar a dudas, después de 45 km y dos días de trekking… ¡estábamos en Kalaw, nuestro destino!. La satisfacción de haber completado el reto se apodera de nosotros, y el cansancio casi desaparece para dar paso a la euforia. Un motorista nos espera en la estación de tren de la ciudad, portando nuestro equipaje, el cual habíamos dejado dos días antes en Nyaungshwe. Lo tomamos, nos despedimos de Aung agradeciéndole sus servicios y deseándole lo mejor para el futuro, y nos dirigimos al Railroad Hotel con el único objetivo de descansar. Tan sólo saldríamos al centro para cambiar algunos Dólares por Kyats y cenar en un restaurante indio caro (3500 Kyats el plato) y de mala calidad (carne de kebab nadando en aceite), y del que fuimos los únicos clientes durante el tiempo que permanecimos allí.

Tren Kalaw - Thazi

Tren Kalaw – Thazi

A la mañana siguiente, acumularíamos energías con el completo desayuno que incluye el hotel, muy parecido a los que habíamos disfrutado en días anteriores en otros puntos de Myanmar, y nos dirigiríamos a la estación de tren de Kalaw, donde reservaríamos nuestro billete de tren hasta Bago, desde donde pretendíamos llegar a la Roca Dorada. El tren partió a las 12:00h y llegó a Thazi sobre las 18:00h (una hora antes de lo previsto), donde tendríamos que bajar y esperar unas 4 horas, aprovechando para cenar en un restaurante local por 3000 Kyats cada uno, antes de subir al tren con destino Yangon del que nos apearíamos en Bago.

El trayecto Kalaw – Thazi es sencillamente espectacular. El tren recorre sólo 100 km en más de 6 horas, atravesando montañas de exuberante vegetación, puentes imposibles y curvas tan cerradas que obligan a construir ángulos en la vía que permitan al tren cambiar de sentido y bajar marcha atrás. El tren llena de vida y abastece el movimiento comercial de algunas pequeñas localidades en las que efectúa paradas durante el trayecto. En unos 10 minutos, vendedores locales nos ofrecen sus productos a través de las ventanillas de los vagones, se carga y descarga gran cantidad de mercancía del tren, e incluso podemos bajar a buscar algo de comida en los puestos situados en las estaciones. Muy auténtico, es bonito meterse tan de lleno en la vida local diaria birmana.

Haciendo amigos en el tren

Haciendo amigos en el tren

El trayecto Thazi – Bago es más llano pero mucho más largo. El tren tarda unas 14 horas en completarlo, y cada quien se las ingenia como puede para montar improvisadas camas en las que pasar la noche. La mayor velocidad del tren en este tramo, unido al pésimo estado de la vía, producen un movimiento muy exagerado que no nos lo pondrá fácil a la hora de dormir o ir al baño. En algunos momentos iremos botando, literalmente, sobre el asiento…

Ya por la mañana, haríamos buenas migas con un policía y un par de jóvenes vendedores ambulantes birmanos, los cuales suben y bajan al tren en diferentes estaciones para vender sus productos y ganarse la vida. Les compramos un par de cafés por 200 Kyats cada uno sin tener en cuenta lo difícil que es tomárselo en un vehículo dotado de semejante movimiento. Finalmente, llegamos a Bago, también antes de lo previsto. En la misma estación, contratamos un par de mototaxis al precio de 500 Kyats por cabeza para que nos lleven hasta la parada de autobuses desde donde, por 7000 Kyats cada uno, reservaremos un par de billetes para ir a Kin Pun Sakhan, localidad desde la que es posible visitar la majestuosa Roca Dorada. Tras unas 3 horas de viaje, llegamos a dicha localidad, e iniciamos la búsqueda de algún lugar donde hospedarnos. Nos decantamos por el Sea Sar Hotel, donde reservamos una noche en una de las habitaciones más baratas de las que disponen (15$).

Ascensión a la Roca Dorada

Ascensión a la Roca Dorada

Una vez instalados en nuestra habitación, nos dirigimos a la cercana estación de camiones, desde donde parten los vehículos que suben a los visitantes hasta la Roca Dorada. El espacio en estos camiones es aprovechado al máximo, lo cual provoca que el viaje sea algo incómodo a la par que divertido, pues el trayecto es prácticamente una montaña rusa de varios kilómetros que cruza un maravilloso entorno selvático muy diferente al resto de paisajes que habíamos podido contemplar hasta ahora en Myanmar. Los camiones realizan una parada en una pequeña aldea situada poco antes de llegar a su destino, donde se produce el cobro de la tasa de 2500 Kyats por persona por el transporte. Finalmente, llegamos a Kyaiktiyo, nombre del monte y la pagoda que alberga la famosa Roca Dorada, importantísimo punto religioso de peregrinación para los birmanos que, al igual que otros templos de Myanmar, contiene una reliquia en forma de pelo de Buda. Los extranjeros deben pagar una tasa de 6000 Kyats para acceder. Pero merece la pena. Con creces. Especialmente si podemos presenciar aquí el atardecer… aunque esto tiene un inconveniente que explicaré más adelante.

La Roca Dorada desafiando la gravedad

La Roca Dorada desafiando la gravedad

Kyaiktiyo ocupa una buena parte de la cima del monte del mismo nombre, y dispone de algunos hoteles de precio bastante elevado. Accedemos al complejo por la parte sur, y tenemos que subir algunas escaleras hasta que aparece ante nosotros la impresionante Roca Dorada, la cual pareciera estar burlando a la gravedad al llevar en esa posición, y sobre el precipicio, más de 2000 años sin caerse, desafiando al vacío desde sus 1.100 metros de altitud sobre el nivel del mar. Las vistas son absolutamente impresionantes, el dorado de la pequeña estupa y la roca sobre la que se halla resaltan sobre un verde y montañoso horizonte coronado por un espectacular cielo vespertino. Contemplar el atardecer aquí es una experiencia mística. A pesar de que el lugar está abarrotado de birmanos que han venido hasta aquí en peregrinación y se disponen a pasar la noche frente a la roca, se respira una tranquilidad total. Algunos monjes adoptan su posición de meditación, es el escenario perfecto para ello.

Monje en plena meditación

Monje en plena meditación

Los pocos occidentales que nos encontramos en el recinto llamamos mucho la atención de los birmanos, los cuales se acercan a nosotros para hacerse fotos o simplemente saludarnos mostrando, como siempre, una enorme sonrisa. Tras esta mágica y preciosa visita, nos disponemos a regresar a Kin Pun Sakhan, pero al llegar a la parada de camiones descubrimos atónitos que ya no hay ninguno. Preguntamos a algunos lugareños, y éstos nos confirman que los últimos camiones de vuelta salen sobre las 17:00h – 18:00h. No tenemos forma de bajar. Bajar andando en medio de la noche no sería buena idea, pues la iluminación es inexistente, no tenemos linternas, comida ni agua. Además, no llevamos encima el dinero suficiente para pagar alguno de los carísimos hoteles de Kyaiktiyo. Tratamos de exprimir nuestros cerebros buscando otra solución…

Entonces aparece un camión privado, muy parecido a los camiones oficiales que hacen el recorrido Kin Pun – Kyaiktiyo y viceversa. Nos acercamos a preguntar, parece que podrían acercarnos hasta la aldea intermedia en el recorrido, aquella en donde paramos en el trayecto de ida para realizar el pago del transporte hasta la Roca Dorada. Algo es algo, una vez allí, ya buscaremos la manera de continuar. Supongo que dentro de lo que cabe, hemos tenido bastante suerte. El camión inicia, pues, el descenso hasta la citada aldea, y allí para. Algunos de nuestros compañeros de viaje no se bajan del vehículo, y permanecen sentados. Nosotros les imitamos. ¿Tendremos la suerte de que el camión continúe bajando hasta Kin Pun?… tratamos de preguntar al chico que organiza la parte trasera del camión, pero su nivel de inglés es inexistente. El vehículo inicia la marcha nuevamente y comienza a descender. Realmente no sabemos a dónde vamos, podríamos acabar en Kin Pun o en cualquier otro lugar…

Cena buena, bonita y barata

Cena buena, bonita y barata

El camión se detiene un par de veces más durante el recorrido, y nuestros compañeros de viaje cruzan conversaciones en birmano con aquellos que se encuentran en dichas paradas. Por el momento no hemos tomado ningún desvío, y continuamos por la carretera que lleva a Kin Pun. Buena señal… tras un rato de incertidumbre, entramos en el pueblo, nuestro improvisado transporte para junto a la estación de camiones, y el chico que iba organizando la parte trasera del camión nos solicita los 2500 Kyats que cuestan los camiones oficiales. ¡Lo hemos conseguido! ¡Estamos junto a nuestro hotel!

Ya sólo tenemos tiempo de comentar la aventura ciertamente aliviados, y de degustar una tan buena como barata cena (1000 Kyats cada uno) cocinada delante de nosotros en uno de los puestos callejeros situados sobre la tierra que forma las calles del centro de Kin Pun. Es hora de irse a dormir. Al cerrar los ojos puedo volver a ver ese inolvidable atardecer sobre la Roca Dorada, pues ha quedado impreso en mi retina tal como cuando cerramos los ojos después de haber mirado directamente al sol… después de haber estado allí, entiendo perfectamente por qué ese lugar es tan sagrado para esta gente tan maravillosa.

Atardecer en la Roca Dorada

Atardecer en la Roca Dorada

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