Mandalay. Bienvenidos a Myanmar

Calles de Mandalay

Calles de Mandalay

República de la Unión de Myanmar, antigua Birmania. Situada entre la India, China y Tailandia, y, aún con rasgos de ellos en su cultura, muy caracterizada por ese toque birmano original y auténtico. Esto es debido principalmente al hecho de que este país se ha abierto recientemente al turismo, después de haber estado sumido durante muchos años en un duro régimen político muy cerrado que coartaba en gran parte la libertad de sus habitantes y, digamos, que aún no está muy influenciado por Occidente, mantieniendo su cultura casi intacta. Espero que la necesaria apertura del país al turismo como importante motor de desarrollo del mismo no acabe nunca con su autenticidad. Myanmar figuraba en mi lista de destinos desde hacía ya años, y por fin he tenido la ocasión de cumplirlo. Una tierra repleta de maravillas por descubrir, entre las cuales destaca una muy por encima de todas: su gente. Sencillamente maravillosa, siempre dispuestos a regalar una sonrisa, un saludo, una ayuda… gente con pocos recursos que te hacen olvidarte de los problemas superficiales de la vida para disfrutar de cosas tan básicas y tan tristemente olvidadas en nuestro en ocasiones mal llamado “Primer Mundo”, como son el respeto, la humildad y la sonrisa como forma de vida. Un país de infraestructura muy pobre pero que invita a reflexionar y replantearse realmente muchas cosas. Los afortunados que también habéis tenido la oportunidad de estar allí, seguro que me podréis entender perfectamente. A los que no habéis tenido esa ocasión, espero poder iros transmitiendo ese sentimiento poco a poco a lo largo del relato de nuestro viaje. Y digo nuestro porque conté para ello con la compañía de alguien que lleva la misma sangre viajera que corre por mis venas: mi hermano Rodrigo.

Dicho esto, comenzaré con nuestros inicios en Myanmar, más concretamente en el precario aeropuerto de Mandalay, al que llegamos a través de un vuelo de Air Asia con origen en Bangkok, Tailandia (sólo de ida, ya que abandonaríamos el país desde Yangon) contratado en su página web por 66€ cada uno:

http://www.airasia.com/ot/en/home.page?cid=1

En mi anterior post expliqué como llegamos hasta Bangkok, previa escala en Moscú:

https://destinokiwi.wordpress.com/rusia-2015/15-horas-en-moscu/

Recorrido por Mandalay (click para ampliar)

Recorrido por Mandalay (click para ampliar)

La primera toma de contacto con Mandalay es una sensación muy diferente a la que traíamos de Bangkok, lugar del que venimos. A diferencia del calor húmedo que reina en Tailandia, aquí nos da la bienvenida un calor seco implacable (quizá acentuado porque nos encontramos en la estación seca del año), recordándome en cierto modo el calor que azota Madrid en verano. Además, la vegetación es mucho más árida y enseguida se aprecia el polvo que hay suspendido en la atmósfera, el cual nos acompañará durante todo nuestro viaje por estas tierras. No os asustéis al empolvaros la nariz en Myanmar, ese color negro es normal aquí…

A pesar de que en el aeropuerto de Mandalay hay una oficina dedicada a Visas “On Arrival”, desconozco su funcionamiento y recomiendo solicitar el visado de turista (que permite una estancia de 28 días en Myanmar) unos dos meses antes (ya que la evisa caduca a los 90 días) en la página web del Ministerio de Inmigración:

http://evisa.moip.gov.mm/newapplication.aspx#

Muralla del Palacio de Mandalay

Muralla del Palacio de Mandalay

Accedemos con ella sin ningún tipo de problema y cambiamos algunos Dólares en Kyats (moneda oficial de Myanmar, en este momento 1$ = 1033 Kyats) en el propio aeropuerto. ¿Por qué Dólares? Porque en la mayoría de lugares no nos aceptarán ni cambiarán Euros, sólo los aceptarán para pagar la entrada en algunos lugares turísticos, en los cuales el precio en Euros estará fijado en la misma cantidad que en Dólares, con la consiguiente pérdida de dinero al respecto. Además, debemos llevar Dólares que estén en perfecto estado, puede que una simple doblez en medio del billete sea motivo de rechazo. A cambio, recibiremos billetes de Kyats a menudo en un pésimo estado de conservación, ¡aunque perfectamente válidos!

Air Asia nos tiene preparada una grata sorpresa a la salida del aeropuerto. Disponemos de un servicio de autobús completamente gratuito hasta el centro de Mandalay, todo un punto a favor de la compañía aérea. Durante este trayecto ya tenemos ocasión de divisar una bonita y colorida procesión de carruajes muy adornados que circulan en sentido opuesto a nosotros, y que podemos contemplar con bastante detalle gracias a la reducción de velocidad realizada por nuestro conductor con ese fin. De esta forma, nos plantamos en el centro de la caótica ciudad de Mandalay, donde parece no haber normas de ningún tipo en cuanto a la circulación de vehículos y peatones se refiere. Al bajar del autobús ya nos está esperando un grupo de taxistas y ganchos de hoteles ofreciéndonos sus servicios. Rechazamos educadamente la oferta para buscar algún alojamiento a buen precio por nosotros mismos en la zona contigua a la esquina suroccidental del enorme foso de agua que rodea el Palacio de Mandalay. Nos decantamos por el Sabai Phyu, donde negociamos una habitación doble para 3 noches por 20$ cada una (los precios birmanos son algo superiores al resto de países del sudeste asiático). Las instalaciones del edificio son bastante viejas pero la habitación en sí no está mal, dispone de baño privado, ventilador y aire acondicionado.

Pan Cherry, comida india

Pan Cherry, comida india

Así pues, salimos en busca de nuestra primera toma de contacto con las calles de Mandalay, con el objetivo de comer y visitar algunos templos cercanos. Comenzamos a darnos cuenta, no sin cierto asombro, de que los birmanos enseguida se percatan de nuestra presencia por las calles, nos miran con curiosidad, nos sonríen y muchos de ellos incluso nos saludan con un “hello”. Pronto empiezan a hacernos sentir como en casa. Nos topamos, en la misma calle 81 donde se encuentra nuestro alojamiento, con el restaurante indio Pan Cherry, el cual se convertiría en uno de los mejores locales en los que hemos tenido la oportunidad de comer en toda nuestra estancia en Myanmar. Pedimos tan sólo un par de platos y una botella de agua, todo ello por algo más de 6000 Kyats, pero aquello se convierte en un desfile de platos que acaba colapsando nuestra mesa por completo. Arroz, pollo, curry, vegetales, salsas… una maravilla para los sentidos. 100% recomendable, aunque para estómagos delicados como los nuestros…¡mucho cuidado con el picante!

Ein Daw Yar Pagoda

Ein Daw Yar Pagoda

Después de disfrutar de semejante manjar, recorremos la calle 26 en dirección oeste, cruzamos la intersección dominada por la torre del reloj de Zay Cho y, más adelante, accedemos al recinto de la Ein Daw Yar Pagoda, teniendo que descalzarnos previamente (acto que habremos de repetir en absolutamente todos los templos religiosos del país). La estupa central domina imponente todo el complejo con su bonito color dorado, y ascendemos hasta la base de la misma para ser obsequiados con un impresionante primer atardecer en Myanmar entre estupas, tejados y vegetación. Al bajar, un simpático birmano se acerca a hablar con nosotros con curiosidad y muchas ganas de contarnos la historia de la pagoda en un inglés bastante difícil de entender, incluso nos invita a sentarnos con él a tomar los plátanos de un racimo situado sobre su mesa.

Continuamos nuestro recorrido alrededor de la estupa central y, tras andar unos pocos metros, un joven monje de 24 años cuyo impronunciable nombre no recuerdo se detiene también a saludarnos, hablando un inglés algo más fácilmente entendible por nosotros. Tras preguntarnos de dónde venimos, nuestros nombres y una pequeña charla sobre fútbol (era bastante aficionado a la liga inglesa, y también nos sorprendió con conocimientos sobre la española), la conversación se torna aún más interesante a la par que profunda, y se anima a preguntarnos cuáles son nuestra ambiciones en la vida. El diálogo continuó un rato más en esa línea para finalmente despedirnos de nuestro improvisado amigo deseándonos mutuamente lo mejor para el futuro.

Chanthar Gyee Pagoda

Chanthar Gyee Pagoda

Así, dejamos atrás la Ein Daw Yar Pagoda para descubrir estrechas y polvorientas calles sin pavimentar, mezclándonos aún más en el ambiente local, hasta llegar a la Chanthar Gyee Pagoda, ya en la noche, donde encontramos tres monjes enunciando una serie de oraciones budistas en tibetano que suenan un poco cantadas, las cuales pueden ser escuchadas por megafonía en todo el recinto, creando un “hilo musical” perfecto para el ambiente del templo. Muy agradable, muy diferente a lo que estamos acostumbrados. Definitivamente, muy oriental.

Decidimos, pues, dar por concluido nuestro primer día en Myanmar para volver a nuestra habitación y acostarnos pronto con intención de madrugar a la mañana siguiente para empezar a conocer a fondo las maravillas de Mandalay. Las sensaciones son muy buenas, y la primera toma de contacto con sus gentes, inmejorable.

Camioneta de transporte colectivo

Camioneta de transporte colectivo

Comenzamos, pues, ya algo más descansados, a las 7 de la mañana del día siguiente, acumulando energía en el suculento desayuno que incluye nuestro alojamiento, muy bueno y compuesto por fruta, café, té, tostadas, huevos fritos, etc. Aún sin saber muy bien cómo llegaremos, ya que las distancias en Mandalay son muy, muy grandes, partimos hacia nuestro primer destino: Mandalay Hill, una colina situada en la zona norte de la ciudad. Pronto somos detenidos por una camioneta dedicada al transporte colectivo de viajeros (veremos muchas como ésta en la ciudad), desde la que nos preguntan a dónde vamos. Por 1000 Kyats cada uno, nos acercan hasta allí. La camioneta va prácticamente llena y sólo hay sitio para que se siente mi hermano. Yo me agarro a la parte trasera y voy de pie junto al “organizador” del transporte. La seguridad es completamente inexistente, pero la experiencia es única, de verdad, muy recomendable. En el interior de la camioneta viaja un grupo de mujeres que se ríen, comentan y se intentan comunicar con nosotros, aunque nuestro total desconocimiento de la lengua birmana nos lo pone algo más difícil. Poco a poco iríamos aprendiendo algunas palabras muy útiles, aunque el lenguaje universal de los gestos es infalible. Tras el agradable viaje, nos apeamos en la base de Mandalay Hill, donde dos impresionantes estatuas de leones gigantes nos dan la bienvenida. Debemos abonar 200 Kyats y descalzarnos para completar TODA la subida en esas condiciones, hecho que nos lleva a comprender el por qué del gran tamaño de los pies de los birmanos, característica que fuimos confirmando poco a poco. Supongo que es una especie de “adaptación natural” al hecho de que pasan buena parte de su vida descalzos y atravesando lugares todoterreno.

Siendo requeridos para una foto

Siendo requeridos para una foto

La ascensión es larga pero muy agradable, especialmente teniendo en cuenta que aún es muy pronto y el abrasador sol de Myanmar todavía no ha empezado a apretar tal y como lo hará en unas pocas horas. Vamos atravesando pequeños puestos comerciales, templos y estatuas de Buda, y el recorrido nos va ofreciendo bonitas panorámicas de la ciudad de Mandalay que se irán poco a poco haciendo menos visibles debido al polvo en suspensión que se mezcla con el aire.

Ya en lo alto de la colina, encontramos la Su Taung Pyi Pagoda, muy bien cuidada y dominada por ese color dorado tan típico de los templos birmanos, provista de unos arcos bastante característicos en cuyas columnas podemos apreciar bonitas inscripciones en caracteres birmanos. Una vez más, comenzamos a sentirnos observados, la gente nos sonríe y muchos turistas birmanos (la mayoría de los cuales llegan a la cima directamente en coche o autobús, omitiendo la ascensión a pie) incluso piden hacerse fotos con nosotros. Por supuesto, aceptamos dichos ofrecimientos, aprovechando para tomar fotos también con nuestra cámara (por la que tuvimos que pagar una tasa de 1000 Kyats al entrar al templo). La vista de Mandalay desde este punto debería ser magnífica, pero el polvo en suspensión no nos dejó apreciarla. Desconozco si esto ocurre siempre.

En una terraza casi colgante aledáñea al templo encontramos las estatuas de dos serpientes cuyas cabezas parece que da buena suerte tocar. Al menos es lo que nos dió a entender la larga fila de birmanos que esperaban para llevar a cabo dicha acción.

Inscripciones en birmano

Inscripciones en birmano

En ese momento, decidimos sentarnos a descansar recostados sobre una de las columnas del templo, y entonces… ocurre algo que me deja con una sensación difícil de describir, pero que constituye uno de los momentos que con toda seguridad jamás olvidare de nuestro viaje. Entre toda la gente que hay por el templo, llama nuestra atención un monje de aspecto muy anciano (calculo que podría tener más de 90 años, aunque nunca lo sabré con certeza), acompañado de un séquito de personas que le apoyan y casi le mantienen en pie. Desde luego, parece alguien importante, alguien muy curtido en la religión budista y con una larga trayectoria a sus espaldas. El hombre advierte nuestra presencia, se fija en nosotros y se acerca lentamente hasta que se coloca justo enfrente nuestra. Su séquito parece apartarse ligeramente, dejándole actuar. El hombre nos mira fijamente. Sus ancianos ojos rojizos infunden respeto, sabiduría. Quién sabe cuántas cosas han contemplado esos ojos durante tantísimos años en un país que ha vivido tantos conflictos durante el siglo XX. El hombre continúa mirándonos fijamente, realmente no sé ni cómo actuar. Intento sonreírle pero no soy capaz ni de levantarme. Despierta en mi un extraño sentimiento de conexión… espiritual, no se, realmente no sabría cómo describirlo. No fue necesaria ni una sóla palabra, no fue necesario un idioma común, creo que hay cosas que están por encima de esas barreras. Tras mantener esa situación durante un buen rato, el hombre hace un gesto muy leve con la mano, como si le costara mucho moverla, y las personas que le acompañan, las cuales observaron con quietud la escena, vuelven a sostenerle nuevamente para ayudarle a continuar con su camino. Sus compañeros de paseo nos sonríen y nos inclinan la cabeza, a lo que respondemos de la misma manera. Observamos en silencio cómo se alejan. Nunca sabremos qué fue exactamente lo que vió en nosotros una persona con tanta experencia en una religión tan espiritual y tan basada en el desarrollo personal como es el budismo, pero lo que me transmitió fue mucho más que la simple mirada curiosa de los lugareños por ser extranjeros. Un momento que, por alguna razón, no olvidaré nunca…

Sandamuni Pagoda

Sandamuni Pagoda

Con ese buen sabor de boca, comenzamos el descenso de Mandalay Hill, el cual completamos, como es obvio, mucho más rápido que la subida. Continuamos hacia el sur hasta la Sandamuni Pagoda, cuyos cientos de estupas blancas le confieren un aspecto espectacular, y desde donde tenemos una bonita vista de Mandalay Hill. En mi humilde opinión, imprescindible en toda visita a los templos de Mandalay. Después, recorremos el foso que rodea la muralla que alberga el Palacio de Mandalay hasta su entrada norte, en la cual nos informan de que no es posible el acceso, y que debemos entrar por los laterales. Recorremos, pues, más de 2 km hasta la entrada oeste, ¡en la cual nos indican que por allí tampoco es posible!. Parece ser que el único acceso habilitado al turismo se encuentra en la entrada este, el punto más alejado posible de la muralla desde donde estamos…

El abrasador calor nos invita, pues, a contratar los servicios de un par de jóvenes mototaxistas, los cuales nos acercan hasta la entrada este por 2000 Kyats cada uno. Uno de ellos habla muy bien inglés y nos cuenta información bastante valiosa sobre la ciudad y los transportes en la misma.

En la propia entrada adquirimos un ticket que nos incluye la mayoría de los lugares turísticos más destacables en Mandalay y alrededores, al precio de 10$ por persona. Nuestros mototaxistas nos acercan desde la entrada del recinto hasta el propio Palacio, situado en el centro. El resto del recinto amurallado está ocupado por zona militar, y vigilado en cada uno de sus accesos. El Palacio de Mandalay fue construido en el siglo XIX y, como antigua capital del reino, fue el último Palacio Real de la monarquía birmana. El estado de conservación digamos que es suficiente pero mejorable, y cabe destacar la preciosa vista de todo el conjunto que tenemos desde la Nan Myint Tower, situada en el extremo sureste.

Panorámica del Palacio de Mandalay

Panorámica del Palacio de Mandalay

Tras la visita, decidimos parar a comer en el único restaurante situado junto a la entrada del Palacio, invadido por una inquietante nube de moscas pero con un precio bastante bueno dada su ubicación (5800 Kyats entre los dos). Recomiendo no ir al precario baño, más que nada, para no tener la oportunidad de cruzar la cocina de la que saldrán nuestros noodles, los cuales, por otra parte, tienen muy buen sabor. ¡Esto es Myanmar, hay que adaptarse a la vida local!

Luciendo nuestros Longyis

Luciendo nuestros Longyis

Abandonamos, pues, el recinto amurallado que alberga el Palacio para continuar rumbo al sur. Preguntamos precios para ver algún espectáculo de marionetas, muy típico por estos lares, pero su elevado coste no nos convence en absoluto. Tras una larga caminata bajo un sol abrasador, decidimos tomar un taxi por 5000 Kyats hasta la lejana Mahamuni Pagoda (donde hemos de pagar una tasa de 1000 Kyats por acceder con una cámara), lugar importantísimo de culto religioso para los locales, situado en el suroeste de Mandalay y abarrotado de birmanos que acuden a rezar. Dado que no se puede entrar en el templo mostrando las rodillas, se nos ofrece un Longyi, prenda típica que usan los hombres birmanos que consiste en una falda larga que puede tener diferentes estampados y tonalidades. Podemos alquilarlo por 500 Kyats o llevárnoslo por 5000. Después de un momento de duda dada su comodidad, decidimos sólo alquilarlo. De esta forma, un poco más metidos en la cultura birmana, provocando las consiguientes risas y miradas de los locales, visitamos el bonito y colapsado templo. La estrella del mismo es una estatua de Buda con la cara recubierta de oro a la que los fieles ofrecen pequeñas piezas de pan de oro que adhieren a la parte inferior de la misma a modo de ofrenda.

Concluímos la vistita y nos despedimos de nuestros añorados Longyis, para iniciar la búsqueda del Shwe In Bin Kyaung, bonito monasterio de madera desde el que contemplamos nuestro segundo atardecer en Mandalay. Su oculta situación nos complica un poco la búsqueda, pero nos permite adentrarnos de lleno en las calles más auténticas a la par que pobres que podamos imaginar, impregnándonos de la vida y el bullicio locales. Cenamos en nuestro querido restaurante indio Pan Cherry nuevamente por poco más de 6000 Kyats entre los dos, y nos dirigimos a nuestra habitación buscando un merecido descanso. Las sensaciones después de nuestro primer día completo en Myanmar eran muy especiales, los birmanos nos habían hecho sentir casi como en casa. Y esto, era tan sólo el principio…

Atardecer en Ein Daw Yar Pagoda

Atardecer en Ein Daw Yar Pagoda

 

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3 respuestas a Mandalay. Bienvenidos a Myanmar

  1. Pingback: Impactante primera tomato de contacto con Myanmar: Mandalay | Destino Kiwi

  2. Andrea Elizabeth Gómez dijo:

    Que bonito país!! sin duda muy ricos gracias a su bonita gente y su gran cultura 🙂

  3. destinokiwi dijo:

    Así es Eli! Tendrás que conocerlo algún día!

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