Male y Maafushi: rumbo al paraíso

¿Despertando de un sueño?

¿Despertando de un sueño?

Desperté. Se acabó uno de los sueños más bonitos de toda mi vida, uno de esos de los que no queremos regresar nunca. Desearía irme a dormir y amanecer allí nuevamente, levantarme de mi cama, asomarme a mi balcón y, bajo aquel sol ecuatorial, contemplar esas maravillosas playas de arena blanca inmaculada acompañadas por sus enormes palmeras, y que preceden a las increíbles tonalidades azul turquesa de las aguas de Maldivas. Esas aguas perdurarán para siempre en mi memoria, junto a su clima, su gente, sus arrecifes de coral, su fauna marina y una larga lista de experiencias inolvidables. Mi piel quemada por el implacable sol que reina en esta parte del globo me recuerda que este sueño ha sido real (esto me lleva a recomendaros fervientemente una buena protección contra dicho elemento). Hemos pasado 8 días en las islas Maldivas, uno de los mejores destinos del planeta para desestresarse por completo, y también para practicar el buceo. Probablemente el mejor para ambos cometidos. Y todo ello sin gastar una fortuna.

El gobierno del país ha decidido ampliar el rango hotelero disponible, robándole la exclusividad a los lujosos resorts compuestos por esas típicas cabañas instaladas sobre el agua que todos hemos visto en las agencias de viajes, cuyos desorbitados precios escapan al bolsillo de la mayoría de los mortales del planeta. Tan sólo en los últimos años, además de los citados resorts, es posible encontrar hostales y hoteles que ofrecen precios mucho más económicos, convirtiendo el paraíso maldivo en algo más asequible. La servicialidad e inocencia de los aparentemente inexpertos empleados de este tipo de alojamientos (pues es algo prácticamente nuevo en el país) constituye, sin duda, todo un plus.

Llegando a nuestro destino...

Llegando a nuestro destino…

Pues bien, toda esta historia comenzó en el aeropuerto de Heathrow, Londres. Por £468 por persona, Monika y yo nos desplazaríamos en primera instancia, y tras un larguísimo vuelo de 10 horas, hasta el aeropuerto internacional de Bandaranaike en Colombo, Sri Lanka, pisando así suelo asiático nuevamente, lo cual es siempre sinónimo de aventura. Las preciosas vistas aéreas de Sri Lanka y la emoción de volver a viajar en mayúsculas me invadirían por completo… Desde allí, en un vuelo de poco más de una hora nos plantaríamos en Male, la capital de Maldivas. SriLankan Airlines, la compañía elegida para el viaje atendiendo únicamente al tema económico, pues era una absoluta desconocida para nosotros, resulta ser una grata sorpresa. Servicio equiparable a compañías como Etihad o Qatar Airways. 100% recomendable.

Ya desde el aire, las Maldivas lucen impresionantes. Cientos de islas y atolones bañados por un océano azul intenso crean una estampa idílica, multiplicando así la emoción del viajero por llegar a semejante lugar. El curioso aeropuerto de Ibrahim Nasir, el cual ocupa en su totalidad una de las miles de pequeñas islas que forman el país, nos daría la bienvenida bajo un sol abrasador, desafiando al gélido invierno que dejamos en Europa tan sólo unas horas antes… en el citado aeropuerto es donde habíamos quedado con los que serían nuestros compañeros de viaje durante esta maravillosa semana. Tras encuentros tan épicos como Japón o Nueva Zelanda, esta vez el reencuentro con mi hermano Rodrigo, acompañado por Miriam, tendría lugar nada menos que en las paradisíacas islas Maldivas.

Recorrido por Male y Maafushi (click para ampliar)

Recorrido por Male y Maafushi (click para ampliar)

Con el cuarteto viajero ya formado, y después de cambiar algunos dólares por Rupias Maldivas (conocida popularmente como Rufiyaa), moneda oficial del país, nos dispondríamos a tomar el ferry que funciona casi constantemente entre el aeropuerto y la capital, Male, situada en otra isla muy cercana. El precio del citado traslado es de 10 Rufiyaas por persona. Barato, pues en este momento un Euro equivaldría a casi 16 Rufiyaas. Cabe mencionar que prácticamente todo se puede pagar también con doláres americanos, especialmente aquellos servicios orientados a turistas, los cuales, como no podía ser de otra manera, tienen un precio superior…

En apenas 10 minutos de navegación nos plantamos en los muelles situados al norte de Male. La capital de Maldivas es la única ciudad del país, superpoblada dada su pequeña extensión, invadida en exceso por motocicletas y muy, muy diferente al resto de las islas. Posiblemente sea la menos atractiva de todo el archipiélago y la que menos encaja en la definición de paraíso. Con todo y con ello, un paseo por sus estrechas y abarrotadas calles puede resultar interesante, matando así el tiempo de espera del que aún disponíamos hasta la hora de partida del ferry a nuestro primer verdadero destino en Maldivas: la isla de Maafushi.

Plaza de la República, Male

Plaza de la República, Male

Accediendo por su extremo este, atravesaríamos parte de la Majeedhee Magu Road, calle principal de Male, hasta dar con el Estadio Nacional de Fútbol, algo parecido al de algún equipo de la tercera división española. Desde alli, comenzaríamos a callejear rumbo al norte hasta dar con la mezquita más grande de las Maldivas: Masjid al Sultan Muhammad Thakurufaanu Al Auzam, en honor a un famoso héroe maldivo. No, no había un nombre más largo disponible… ¡pero tranquilos!, también podemos referirnos a ella como la Gran Mezquita del Viernes, haciendo referencia al día sagrado del islam. No olvidemos que estamos hablando de la religión oficial del país. Su moderna y blanca arquitectura (fue inaugurada en 1984) y su enorme minarete son bastante llamativos.

Inmediatamente al norte de la citada mezquita, y regresando así nuevamente a los muelles, accedemos a la Plaza de la República, la cual, además de ser uno de los epicentros de la vida local de la ciudad, alberga la mayoría de los edificios gubernamentales y está dominada por una enorme bandera de Maldivas, país independiente de la corona británica desde 1965. Prosiguiendo la línea de costa en dirección oeste, daríamos con el Mercado de Pescado, uno de los lugares más curiosos, auténticos e interesantes de Male, cuya estrella son los enormes atunes que esperan a ser limpiados y despiezados siguiendo las técnicas tradicionales.

Atunes en el mercado de pescado

Atunes en el mercado de pescado

Bajo un calor insoportable, continuaríamos bordeando la isla en la misma dirección sin encontrar nada interesante hasta toparnos, ya casi en el extremo suroeste de Male, con el Sunset House Cafe, junto al Hospital Memorial de Indira Gandhi. Allí tomaríamos un merecido descanso para reponer fuerzas en forma de un buffet muy aceptable por 90 Rufiyaas por persona. La increíble servicialidad y amabilidad de nuestro camarero, Rasdun, comenzaría a acercarnos a la sencilla y agradable forma de ser de los maldivos, la cual confirmaríamos en los días posteriores.

Tras la comida, nos dirigiríamos a la cercana Terminal de Ferry de Villingili, donde tomaríamos el ferry público (22 Rufiyaas por persona) que conecta con la isla de Maafushi. Este ferry zarpa todos los días a las 15:00h excepto los viernes. Los domingos, martes y jueves hay otro a las 10:00h. Al abandonar el puerto, divisamos el Monumento al Tsunami que asoló parte de Maldivas en 2004, eregido en honor a los fallecidos a causa del desastre. En cuestión de hora y media, tras un caluroso viaje en un navío acristalado, viejo pero decentemente conservado, llegamos a nuestro destino.

Ferry público en la terminal de Villingili

Ferry público en la terminal de Villingili

Maafushi es una isla bastante interesante. Comparada con Male, un paraíso. Aunque más adelante descubriríamos que se queda corta para lo que Maldivas puede llegar a ofrecer. Dispone de un ambiente muy agradable y de la mayor concentración de servicios orientados a viajeros con presupuesto ajustado (gran variedad de guesthouses, excursiones a menor precio que en los resorts, etc.) que seguramente podamos encontrar en todo el país. Encontrar el Maafushi Village, alojamiento que habíamos reservado previamente a través de Booking, sería nuestra prioridad tras el desembarco. Un par de empleados motorizados del mismo nos interceptarían durante el camino, pues parece ser que ya nos estaban esperando. Las instalaciones del hostal son muy agradables, el suelo del comedor/recepción está compuesto por arena de playa y las paredes están abiertas en su parte superior, otorgándole un estilo playero muy alegre y acogedor. Nuestras dos habitaciones, dotadas de TV, aire acondicionado y un baño muy completo son más que correctas, y el precio que habíamos pagado por cada una de ellas para 3 noches asciende a 243$ (desayuno continental incluído), cantidad que necesitaríamos doblar si quisieramos pasar tan sólo una noche en uno de los resorts de lujo de las islas circundantes, las cuales habíamos divisado desde el ferry.

Raya surcando las aguas de Maafushi

Raya surcando las aguas de Maafushi

Una vez instalados, tan sólo tendríamos tiempo de descansar un poco y salir a cenar tras caer la noche. Cenar en la playa, empezar a sentir las vacaciones de verdad. Las mesas instaladas sobre la arena pertenecientes al restaurante Rehendhi, el cual dispone de una amplísima carta, serían las elegidas. Así, por 56$ entre los 4, tomaríamos nuestra primera cena del viaje. Frente a la playa, sobre la arena, iluminados por candiles y bajo una temperatura ideal. Esto es Maldivas, señoras y señores… y nunca olvidaríamos ni éste ni una infinidad de momentos que aún nos aguardaban…

A la mañana siguiente, comenzaríamos a conocer Maafushi más a fondo. Antes de continuar, hemos de aclarar un punto importante a tener en cuenta cuando visitamos Maldivas en modo “bajo/medio presupuesto”: la playa. En los grandes resorts de las islas no hay ningún tipo de restricción, pero en lugares como Maafushi, en donde conviviremos con los lugareños, hemos de acatar y respetar sus costumbres. Estamos hablando de un país musulmán, y el bikini, como norma general, no está permitido. Algo bastante contradictorio para una mente occidental en un lugar tan tremendamente paradisíaco como éste. La buena noticia, dentro de esto, es que cada isla tiene una “bikini beach” orientada a viajeros, una playa en la que las mujeres pueden lucir su bikini sin problemas. Y en Maafushi, esa playa se encuentra en el extremo noroeste de la isla. Allí es donde comenzaríamos nuestra andadura y disfrutaríamos del primer baño y la primera sesión de snorkel del viaje. Muy bonita, tanto fuera como dentro del agua: arena blanca, palmeras, aguas turquesa, un sol radiante… peces de todos los colores inimaginables, morenas, rayas…

Puesto de fruta tropical en la Bikini Beach

Puesto de fruta tropical en la Bikini Beach

En un llamativo puesto de fruta tropical instalado en la propia playa, y regentado por un joven originario de Bangladesh, adquiriríamos un coco por 30 Rufiyaas y un par de pequeños plátanos por 10 Rufiyaas (más un tercero de regalo), a fin de disfrutar de ellos sobre la fina y reluciente arena de la playa, bajo la sombra de nuestra palmera. La estructura de un edificio a medio construir en primera línea de playa estropea ligeramente el paisaje, pero nada puede rebajar nuestra felicidad por encontrarnos en semejante lugar…

Lo cierto es que toda la isla parece estar en obras, hay muchísimas construcciones en proceso, y volveremos a percibir lo mismo en otras islas que visitaremos a posteriori. Maldivas está en pleno desarrollo, esta vez de un sector diferente, un tipo de turismo que enriquecerá a la población y no a las grandes cadenas hoteleras, como había sido lo normal en el país hasta hace bien poco. Así, tras la primera toma de contacto con las maravillosas aguas de Maldivas, pasaríamos a comer en el ya citado restaurante Rehendhi, pero esta vez bajo el techo del restaurante, pues el sol azota la playa sin piedad a esta hora del día. Probaríamos el servicio de buffet que tienen para la hora de la comida (10$ por persona). La variedad no es abundante pero considero que suficiente, y el postre, en el poco probable caso de quedarse con hambre después de repetir platos tantas veces como uno quiera, no está incluído.

Costa este de Maafushi

Costa este de Maafushi

Tras la comida, caminaríamos hasta la playa norte (la isla de Maafushi, como todas en Maldivas, es pequeña y se recorre rápido) para conectar con la costa este, más local, más “auténtica”. Aquí es donde uno empieza a percibir cómo es realmente la vida cotidiana de los maldivos. Allí, frente a un armazón de barco rudimentariamente techado, varias mujeres locales completamente cubiertas de negro tomarían un baño en la maravillosa playa, no apta para bikinis (cuidado con los restos de coral cortantes del fondo). Estas mujeres entrarían al agua con toda su ropa encima, y acompañadas de varios niños locales, suponemos que sus hijos. Una imagen impactante para nosotros. En ese mismo lugar, un tipo decidiría acercarse a nosotros para tomarnos fotos con su teléfono móvil una y otra vez sin ningún tipo de disimulo, especialmente a las chicas. Un enfermo, podríamos decir. Cuando el malestar del grupo es ya más que evidente, se retira.

Pero no sería lo único que presenciaríamos en aquella playa. Avanzamos un poco más, y vemos algo moverse en el agua. Tanto los ojos de mi hermano Rodrigo como los míos se abren como platos. Ya nos apasionaban desde pequeños, cuando incluso les dedicamos un libro casero, uno muy elaborado para nuestra edad, todo sea dicho… ¡¡Tiburones!! ¡en la misma línea de playa! Son pequeños, pero son tiburones, está claro. Tiburones de puntas negras. Snorkeleando en Tailandia ya tuve ocasión de toparme con uno de ellos en libertad, pero el corazón se me volvía a acelerar de la misma manera. Rápidamente nos colocamos nuestra máscara de snorkel y entramos al agua con la idea de contemplarlos en su máximo esplendor, pero los jóvenes escualos son muy asustadizos, y apenas logramos divisar algo en la lejanía. No pasa nada, es sólo el principio, aún nos quedan muchos días en Maldivas. Volveremos a encontrarnos. Ellos son una de las principales razones que nos han traído hasta aquí. Una raya que merodea por la zona, mucho menos escurridiza, deja que persigamos su elegante movimiento con facilidad.

Monika y Kiki en el Stingray Cafe

Monika y Kiki en el Stingray Cafe

Tras el mágico avistamiento, Rodrigo y Miriam deciden irse a tomar un descanso mientras Monika y yo nos tomamos un par de deliciosos batidos de fruta por 60 Rufiyaas cada uno en el Stingray Cafe, el cual dispone de un bonito patio completamente playero en el que poder tomar un refrigerio. La tentación de la cerveza es un imposible en Maldivas, pues el alcohol está completamente prohibido. ¡Ganaremos en salud, pues!… en aquel patio también conoceríamos a Kiki, un simpático Loro con el que poder intercambiar unas palabras, aunque es muy tímido y sólo decide hablar cuando no hay personas demasiado cerca. Su cuidador nos permitió sostenerlo en nuestros brazos, es una sensación muy bonita, sentir su tacto, su peso. Está lleno de vida.

Así llegariamos a nuestra segunda noche en Maafushi. Decidiríamos cenar en la pizzería Mamma Mia (870 Rufiyaas entre los 4), situada muy cerca de nuestro alojamiento, Maafushi Village. Aunque no se encuentra frente a la playa, las pizzas que elaboran en el horno del restaurante son espectaculares. Nuestro camarero, atento y servicial hasta el extremo. El lassi dulce de kiwi que preparan, bajo mi humilde opinión, es algo imperdible a todo aquel que visite la isla. Sublime. Como guinda del pastel, fuimos invitados a un par de tartas de diferentes sabores en calidad de postre. Restaurante 100 % recomendable. No puedo decir otra cosa.

Bikini Beach de Maafushi

Bikini Beach de Maafushi

También aprovecharíamos esa noche para reservar alguna excursión de cara al día siguiente, buscando, comparando y regateando precios. Nuestra primera opción era la de snorkelear con el gigantesco tiburón ballena (es posible salir en su busca por 80 – 100$ por persona). Yo ya había cumplido ese sueño en México, pero mi hermano Rodrigo aún lo tenía pendiente, y estaba seguro de que a Miriam y Monika también les fascinaría. Desafortunadamente no pudimos contratar esta excursión por problemas de disponibilidad, sustituyéndola por otra que tampoco nos defraudaría para nada, y que también sería bastante más barata (30$ a través del Hotel Kaani), consistente en dos puntos para hacer snorkel, avistamiento de delfines, almuerzo en un banco de arena y visita a la isla de Guraidhoo. Muy completa.

A la mañana siguiente, pues, nos pondríamos en marcha bajo un día algo nublado pero de temperatura muy agradable. Y sin lluvia, factor importante para el disfrute de nuestra excursión. Llegaríamos a la recepción del Hotel Kaani a la hora citada, 9:15h. Allí se provee a los clientes del equipo de snorkel necesario. Si alguien del grupo tiene problemas para nadar, no os preocupéis, porque los guías son magníficos y le ayudarán en todo momento. Eso sí, conviene pedir un chaleco flotante al recibir el equipo. Así, una vez “armados”, nos dirigimos todos juntos al puerto de Maafushi, donde tomaremos una embarcación en bastante buen estado y bien equipada que nos llevaría hasta el primer punto de buceo. Somos alrededor de 20 personas y aunque el espacio del barco se queda un poco escaso, es suficiente. Durante la navegación, la cual se torna muy agradable, tendríamos ocasión de divisar el aterrizaje de uno de los hidroaviones que trasladan a los turistas de mayor presupuesto desde el aeropuerto de Male a los resorts de lujo, y cuyo precio también escapa por completo a nuestro prespuesto.

Tortuga retratada por Rodrigo

Tortuga retratada por Rodrigo

Saltamos pues, ya equipados con aletas, máscara y demás, a mar abierto. La vida y el colorido que desprende el arrecife de coral que se extiende ante nosotros es espectacular. Sin duda era cierto, estamos contemplando algunos de los fondos marinos más bellos del mundo. Peces de todos los colores y tamaños se pasean ante nosotros. Algunos afortunados divisan la primera tortuga marina mientras yo, por mi parte, localizo una preciosa raya águila, la cual vuela majestuosamente junto a la pared del arrecife. Mágico.

Tras la espectacular inmersión, el barco nos traslada junto a la isla Mahaanaelhihuraa (¡ahí es nada!), la cual goza de un maravilloso verdor en su vegetación y unas tonalidades espectaculares en sus aguas. Allí es donde se suelen avistar los grupos de delfines que hemos venido a buscar. Nuestras particulares estrellas no tardarían en aparecer, en gran número y animando de sobremanera el ambiente con algunos saltos acrobáticos realmente espectaculares. Todos los presentes tratamos de retratar la función con nuestras cámaras una y otra vez… ¡hasta que conseguí mi ansiada instantánea! os la dejo al final del post.

Delicioso almuerzo en el sandbank

Delicioso almuerzo en el sandbank

Después de un rato navegando entre los grupos de delfines, ponemos rumbo al “sandbank“, bancos de arena que forman pequeños islotes que pueden llegar a aparecer y desaparecer atendiendo a las mareas. Allí uno casi puede sentir que anda sobre el océano, sin nada más a tu alrededor. Muy curioso. Nuestros guías sacarían del barco un suculento almuerzo compuesto por arroz, pollo y guarnición que, no sé si por el hambre que da el mar, por el lugar en el que estábamos, o porque de verdad estaba bueno, nos “supo a gloria”. Era momento para la consiguiente sesión fotográfica en el sandbank y, tras un merecido descanso sobre la arena, continuar con la navegación.

Paramos para la segunda inmersión, llevada a cabo en un arrecife parecido al de la primera, pero con mayor posibilidad de avistamiento de tortugas marinas. Esta vez sí. La tuve muy cerca. Preciosa, aparentemente indefensa, pero que ha sobrevivido millones de años de evolución. El día está algo más gris y el fondo no se ve tan nítido como en la primera inmersión, pero lo disfrutamos igualmente. Tras un buen rato, volveríamos al barco para proseguir nuestro camino hasta la última parada de la excursión, la isla habitada de Guraidhoo, un interesante ejemplo de vida maldiva local, caracterizada por la tranquilidad y el sosiego natural de estas islas. El pueblo cuenta con algunas tiendas de souvenirs que se nutren de los viajeros que llegan a ella a través de excursiones como la nuestra, probablemente el principal motivo de habernos traído hasta aquí.

De charla con Mark

De charla con Mark

Ya en el camino de regreso a Maafushi, entablaríamos una interesante conversación con Mark, uno de nuestros guías, el cual nos contaría algunas curiosidades sobre la isla y el estilo de vida en Maldivas. Afirma que el único lugar donde es posible consumir alcohol es en el Party Boat que zarpa cada noche del puerto. Divisamos los muros de la prisión que ocupa la zona sur de la isla de Maafushi, y Mark nos cuenta que la mayoría de las reclusas son mujeres, pues ellas son las condenadas en caso de mantener relaciones sexuales antes del matrimonio. También nos comenta que un amigo suyo se encuentra allí cumpliendo una condena de dos años por palpar los cuartos traseros de una joven sin el consentimiento de ésta. Mark afirma que este tipo de leyes no aplica para los turistas, pero en estos momentos es cuando nos damos cuenta de lo diferentes que son nuestras culturas, y de lo parecidos que somos en el fondo como personas. Y es que no hay nada como una buena charla con los locales para aprender durante un viaje.

Así finaliza nuestra excursión, dejando un muy grato recuerdo en nuestra memoria sobre esta inmersión literal, natural y cultural en Maldivas. Ya sólo tendríamos tiempo de cenar en un restaurante local que nos recomendó Mark situado frente al puerto, y en el que disfrutamos de diferentes y sabrosos platos de arroz y noodles por 485 Rufiyaas entre los 4. Sería nuestra última noche en Maafushi, despediríamos la playa bajo la luz de los candiles con cierta nostalgia en nuestros corazones…

Pero todavía no éramos conscientes de lo que este país nos podía ofrecer ni de que Maafushi tampoco es, ni mucho menos, lo más paradisíaco de Maldivas. La perfección hecha isla nos espera, y los tiburones, también. Continuará…

¡Cazado! :)

¡Cazado! 🙂