Los tiburones de Thinadhoo. Un sueño hecho realidad

El rey de Maafushi

El rey de Maafushi

Amanece sobre la isla de Maafushi. Tras el desayuno, los chicos del Maafushi Village, inesperadamente, cargan nuestras maletas más pesadas en una carretilla. El más joven de ellos, que hace las veces de cocinero/camarero y nos había servido el desayuno cada mañana, las acerca hasta el puerto. Dado su inexistente nivel de inglés, nos quedaríamos sin saber su nombre, pero su simpatía, inocencia y servicialidad se ganó nuestra admiración para la posteridad. No contentos con esto, otro de ellos se quedó a esperar el ferry (que llegó sobre las 11:30h) con nosotros para… ¡cargar nuestras maletas en el barco!. Apenas podíamos creerlo. Nos quitamos el sombrero ante la gente del Maafushi Village.

En el momento de acceder al barco, abonamos las 53 Rufiyaas por persona que cuesta el traslado hasta la isla de Thinadhoo. Esta línea de ferry conecta la capital, Male, con la isla de Rakeedhoo, atravesando en su totalidad los atolones de South Male y de Vaavu, y efectuando parada en las islas más importantes del trayecto. Los principales atolones en Maldivas, además de ser enormes estructuras naturales formadas por los arrecifes de coral de los que emergen las pequeñas islas, se aprovechan para establecer la división territorial del país. Cada uno de ellos vendría a formar algo así como una provincia, conocida como “atoll”, que viene a ser atolón en inglés.

Isla de Fulidhoo

Isla de Fulidhoo

Una vez que abandonamos la protección natural del atolón de South Male en dirección sur, en busca del atolón Vaavu, la bravura del mar se incrementa acentuando levemente el movimiento de vaivén del barco. Este ferry era diferente al que habíamos tomado de Male a Maafushi, pues los laterales estaban completamente abiertos, dejando correr el refrigerante aire del océano por el interior del barco, y permitiendo una travesía más fresca y agadable. Su estilo era clásico pero muy colorido y “artístico”, y disfrutamos gran parte de este espectacular viaje entre islas paradisíacas tumbados en la amplia superficie lisa que ocupa el techo del barco (en la cubierta inferior hay asientos a la sombra), protegiéndonos bien con sombreros, gorras y crema solar, pues la parte superior del ferry estaba totalmente expuesta al sol.

Allí entablaríamos conversación con un chico inglés que estaba tratando de visitar todos los países del mundo en modo mochilero, ¡y ya llevaba unos cuantos! Una idea interesante, sin duda. Es entonces cuando aparecería ante nosotros la primera parada del camino: la isla de Fulidhoo, la cual nos daba la bienvenida al atolón Vaavu. De postal, espectacular… Esto ya se iba pareciendo más a la idea de paraíso maldiviano que traíamos en mente, bastante más que Maafushi y, por descontado, que Male. Potenciados por la total ausencia de nubes y un sol radiante, la claridad y el colorido del agua son casi irreales, es realmente impresionante. Es un sueño vacacional. Una parte de mí desearía haberse quedado en Fulidhoo, pero ya teníamos nuestro hotel reservado en otra isla del mismo calibre, y a la que no tardaríamos en llegar. Tras una breve parada marcada por un importante intercambio de personas y mercancía, zarpamos nuevamente.

Recorrido por Thinadhoo (click para ampliar)

Recorrido por Thinadhoo (click para ampliar)

Navegaríamos, continuando rumbo al sur, por las proximidades de varios islotes más, algunos inhabitados y otros ocupados por resorts de lujo, hasta llegar a nuestro destino: Thinadhoo. Nuestra isla. Estampa similar a la de Fulidhoo y también perteneciente al atolón Vaavu, pero algo más solitaria. En el mismo puerto ya nos esperaba Magda para darnos una cálida bienvenida y conducirnos hasta el hotel Plumeria, dueño y señor de la isla (aunque existen un par de hostales más).

Magda, polaca, y José, español (¡buena combinación, nosotros también sabemos un poco sobre esto!) harían de nuestra estancia algo aún más memorable de lo que ya son de por sí las maravillosas instalaciones del hotel para el que trabajan. Tanto ellos como los cocineros y el personal de limpieza llevan a cabo un servicio ejemplar, creando un ambiente tan amistoso y agradable que hacen sentir al cliente como en su propia casa. Suranga, el encargado de limpiar nuestras habitaciones, las mantuvo en todo momento bajo un orden, una limpieza y una calidad en los detalles inconmensurable. Todo un “crack”.

Nuestra habitación en el Plumeria

Nuestra habitación en el Plumeria

Habíamos reservado 2 habitaciones dobles impecables para 4 noches, con balcón orientado al mar y dotadas de todas las comodidades que pudiésemos necesitar (baño completo, aire acondicionado, TV, café, té, minibar…). El precio por noche y habitación fue de 100$ (éste sería nuestro pequeño lujo del viaje, aunque no deja de ser un precio muy asequible para Maldivas), si bien hay que añadirle un 12% de impuestos en el momento de efectuar el pago al abandonar el hotel. Nuestra reserva incluía un desayuno tipo buffet muy completo, y entre las múltiples instalaciones del hotel podemos destacar la pequeña piscina de la que dispone, tumbonas, mesas y hamacas en la playa, o las bicicletas disponibles para que los huéspedes puedan recorrer la isla desde otra perspectiva. Un punto importante es el centro de actividades acuáticas, donde, entre otras cosas, se puede alquilar el equipo completo de snorkel. Podéis consultar los precios con José, instructor de buceo y responsable del centro, ¡Un abrazo desde aquí, canario!

Oteando el horizonte

Oteando el horizonte

Tras instalarnos en nuestros “aposentos”, iniciaríamos ansiosamente la primera toma de contacto con las playas de la isla. Dado el pequeño tamaño de la misma, recorreríamos rápidamente la paradisíaca costa noroeste hasta la Bikini Beach de Thinadhoo (recordemos, la única en cada isla en la que es posible el uso de dicho traje de baño). Allí, en aquella espectacular playa natural de arena blanca bañada por agua turquesa-cristalina por un lado y por una frondosa vegetación tropical por el otro, sin divisar un sólo rastro de civilización, disfrutaríamos de nuestro primer baño en la isla. Mi hermano Rodrigo y yo aprovecharíamos también para realizar la primera inmersión bajo aguas de Thinadhoo (las quemaduras serán inevitables si no lo hacemos provistos de una camiseta acuática), comenzando a atisbar sus fondos coralinos e incluyendo el avistamiento de otra tortuga (pues no era la primera del viaje), y también empezando a conocer las fuertes corrientes marinas que rodean la isla, cuidado con ellas. Acto seguido, y en esta misma playa, contemplaríamos un espectáculo al que acabaríamos acudiendo cada una de las inolvidables tardes que pasaríamos en la isla de Thinadhoo: el atardecer. Espectacular en semejante paraje…

Cena en la playa

Cena en la playa

Al caer la noche, acudiríamos a cenar al restaurante que el propio hotel Plumeria instala en la playa noreste cuando el tiempo es favorable. Cenar sobre la arena, bajo una ténue iluminación, es otra de las cosas que no podemos dejar de hacer en Maldivas… y allí volveríamos cada noche (salvo la que nos recibió bajo una intensa lluvia tropical, en la que cenaríamos dentro del hotel). La comida es muy buena y variada y podemos repetir tantas veces como queramos, ascendiendo el precio a 15$ por persona. El ambiente es muy tranquilo y relajado, ¡como todo en esta isla!.

Tras la cena nos dirigiríamos al puerto, buscando el rastro de los desperdicios de comida que se arrojan al agua allí cada noche… ¡y no, no es que seamos raritos! hay una razón poderosa para hacer esto. Cuando nos dijeron que los tiburones nodriza que habitan la zona se acercan allí entonces para alimentarse, no tuvimos otra opción. Cada vez que yo y Rodrigo escuchemos la palabra tiburón, iremos a donde sea necesario. ¡No lo podemos evitar! Tras una larga espera, un grupo de personas provistas de linternas llamarían nuestra atención desde el dique del puerto. Acudimos inmediatamente, y nos encontramos con el espectáculo.

¡Tiburones en el puerto!

¡Tiburones en el puerto!

Allí están, a sólo un par de metros de nosotros. Un numeroso grupo de tiburones nodriza retoza en la escasa profundidad del lugar, algunos ejemplares parecen llegar e incluso superar los 2 metros de longitud. La iluminación de las linternas, en medio de la noche, les da un toque aún más misterioso, como si de seres de otro planeta se tratasen. Un momento mágico, sin duda. Más aún cuando pensamos que mañana estaremos buceando con ellos. ¿Cómo? Sí, sí, habéis leído bien. Bucear con tiburones. Tanto mi hermano como yo volvimos a caer. José pronunció las palabras “buceo nocturno con tiburones” durante la presentación a nuestra llegada al hotel, y no pudimos negarnos. Sonaba a sueño hecho realidad, uno muy antiguo para nosotros, pese a que Monika y Miriam probablemente empezasen a pensar seriamente si estábamos en nuestro sano juicio… ¡aunque finalmente nos acompañarían en la aventura!

Así, tras aquella noche, llegó el gran día. El día en el que íbamos a bucear con tiburones. Comenzaríamos calentando motores con una bonita inmersión matutina, siguiendo los consejos de José para aprovechar la fuerza de las corrientes marinas de Thinadhoo. La estrella de esta inmersión, sin duda, sería una majestuosa raya águila que se pasearía con gran agilidad junto a la pared del arrecife que rodea la isla. Todo un espectáculo. Repondríamos fuerzas con unos platos de arroz extremadamente picante en el restaurante local Green & Black, al módico precio de 6$ por persona (incluyendo un pequeño entrante y fruta de postre).

Raya águila sobrevolando el arrecife

Raya águila sobrevolando el arrecife

Repetiríamos lugar para almorzar el resto de nuestros días en Thinadhoo, pues formulando las mágicas y sencillas palabras “no spicy, please”, la comida sería mucho menos picante, pudiendo apreciar mejor su buen sabor. Aunque la variedad es escasa (arroz o noodles), su precio y su calidad convencen con facilidad. Muy recomendable (tampoco hay muchas más opciones en la isla). Para aliviar ese primer quemazón inicial en nuestras gargantas, Monika y yo compartiríamos una copa de helado pedida en la recepción del hotel Plumeria (5$) y entregada en las tumbonas de la playa. Perfecto lugar para relajarse antes de nuestro encuentro con tiburones…

Partiríamos a las 5 de la tarde. Habíamos contratado esta excursión por 35$ por persona a través del propio Plumeria, el cual dispone de barcos excelentes para la misma. La inmersión se lleva a cabo frente a la isla de Alimatha, pues en el embarcadero llevan años alimentando y atrayendo a los tiburones. Habíamos pasado la media hora de navegación hasta allí tumbados en las colchonetas que cubren la cubierta superior del barco, disfrutando de un precioso atardecer sobre el océano, no sin cierto nerviosismo por lo que estaba a punto de acontecer. El barco se detiene, y nos colocamos nuestro equipo de snorkel… nuestro pulso se dispara, ha llegado la hora…

Rumbo al encuentro con tiburones

Rumbo al encuentro con tiburones

Salto al agua. A pesar de encontrarnos frente a las costas de la isla de Alimatha, el fondo es muy profundo. Una resplandeciente silueta de un color casi dorado llama mi atención inmediatamente. Su piel brilla con el reflejo de los últimos rayos de sol del día. Es el primer tiburón nodriza. Nada a unos 6-7 metros de mí. Es impresionante… pero no puedo detenerme mucho con él, Monika salta después de mí y los guías nos conducen hasta las proximidades del embarcadero, pues la corriente es muy, muy fuerte, y allí estaremos más seguros. La función de las aletas es crucial en este punto, sin ellas no podríamos vencer la corriente. Un par de anillos salvavidas son lanzados al agua, servirán de ayuda para aquellos con más problemas para nadar, y los guías estarán pendientes de ellos en todo momento.

Tiburones nodriza

Tiburones nodriza

Una vez situados en nuestra posición, podemos disfrutar del espectáculo más relajadamente, aunque sin poder dejar de aletear debido a la corriente. Una pareja de tiburones nodriza se pasea tan sólo unos centímetros por debajo de nosotros, aumentando nuestro ritmo cardíaco considerablemente. Ellos, completamente ajenos a nuestra presencia, vencen cómodamente la fuerza de la corriente con el tranquilo e hipnótico contoneo de sus colas y de todo su cuerpo, como si no les supusiese ningún tipo de esfuerzo.

Indudablemente, estamos en su hábitat, ni siquiera perciben lo que para nosotros requiere de tanta dedicación. ¡Qué elegancia de movimientos! Son, claramente, los señores del océano. Es increíble tener la oportunidad de bucear con ellos. Paulatinamente van apareciendo más, y más, en algunas ocasiones llegamos a tener a 5 ó 6 ejemplares a la vista. Podría asegurar que algunos alcanzan los 3 metros de longitud. Son grandes, poderosos. Impresionan mucho. Se aprecia su fuerza, el tamaño de su cabeza, de sus aletas… la noche va cayendo sobre nosotros y la iluminación de las linternas sobre el lomo de los tiburones les concede un halo de misterio aún más atractivo.

Yo, Josué, cumpliendo un sueño

Yo, Josué, cumpliendo un sueño

Enormes rayas, mucho mayores de las que vimos en Maafushi, aparecen en escena, ellas también se aprovechan de los deshechos que se arroja al mar. Un venenoso y llamativo pez león se pasea un par de metros por debajo de nosotros, sumándose al festín de los tiburones y las rayas. Para una mirada inexperta, estaríamos tentando a la muerte en semejante situación… es entonces cuando un par de solitarios tiburones de puntas negras también se dejan ver, algo más pequeños que los inofensivos nodriza pero de aspecto más peligroso, más aerodinámico. Espectacular. Ya habíamos visto a sus crías en las playas de Maafushi, pero éstos son adultos de alrededor de un metro y medio de longitud, e impresionan. Y mucho.

Así es como mi hermano Rodrigo y yo cumpliríamos un sueño que nos había acompañado toda la vida, y como Miriam y Monika aprenderían a amar un poco más a estos espectaculares animales. He de resaltar su valentía por acompañarnos en este cometido, ya que ellas no tienen la misma pasión por los tiburones que nosotros, y el hecho de bucear con ellos constituía casi un suicidio. Finalmente no sólo no se arrepentirían, si no que se llevarían, al igual que nosotros, una de las experiencias más bonitas que jamás hayamos vivido. El miedo desaparece por completo al estar con ellos, infunden respeto y admiración.

Tiburón de puntas negras joven

Tiburón de puntas negras joven

Sólo puedo recomendar esta experiencia a todos aquellos que tengáis la ocasión de leer esto, es la mejor manera de ir extinguiendo esa errónea idea que el cine y la televisión han creado sobre los tiburones. Son animales elegantes y majestuosos, no monstruos devoradores de hombres. Hay pocas especies que puedan ser peligrosas para el ser humano (entre ellas el tiburón tigre, también presente en Maldivas), y tan sólo en casos muy aislados se han dado ataques, generalmente producidos por confusiones con sus presas habituales.

Ya tuve la suerte de bucear con el gigantesco y pacífico tiburón ballena en México, pero esto es algo completamente distinto, son diferentes tipos de “descarga de adrenalina”. Como amante de los tiburones, me considero muy afortunado de poder haber tenido la ocasión de vivir ambas experiencias. Así, otra media hora de navegación, esta vez nocturna, cargada por la euforia, la excitación y el intercambio de sensaciones ante semejante experiencia, nos llevaría de vuelta a la isla de Thinadhoo. Allí, tras otra cena frente a la playa, el personal del Plumeria había preparado un espectáculo de música maldiva, ataviados con la indumentaria tradicional, que animaría a salir a bailar a casi todos los presentes, uno por uno, para acabar convirtiéndolo en una gran fiesta… ¡libre de alcohol! (recordemos que su consumo está prohibido en Maldivas). Así pondríamos el punto y final a un día absolutamente inolvidable en nuestras vidas.

Rodrigo en plena inmersión

Rodrigo en plena inmersión

Los dos días siguientes, nuestros últimos en Maldivas, nos dedicaríamos a la relajación absoluta y el buceo, olvidándonos así del resto del mundo, viviendo al 100% el momento. Viviendo la isla de Thinadhoo. La cruzaríamos de extremo a extremo (noreste a suroeste), atravesando el pueblo, el rudimentario “polideportivo” y, finalmente, la selva que cubre el centro y la mitad oeste de la isla. El camino que recorre la citada selva partiendo desde el “polideportivo” es muy ancho y está muy bien acondicionado para disfrutar de la maravillosa vegetación tropical de la isla, la cual nos protege del potente sol maldivo sin llegar a engullirnos con su frondosidad. Es un paseo extremadamente agradable, a pesar de que los mosquitos campan a sus anchas por aquí.

El camino finaliza en una playa que sólo puedo definir como maravillosa, en el extremo suroeste de la isla. Completamente solitaria y limpia (los locales se encargan de limpiarla y rastrillar su arena bajo las palmeras). Aunque la playa en sí es pequeña, cuenta con amplias superficies de arena limpia en su zona interior que invitan a tumbarse bajo la sombra de las enormes palmeras de Thinadhoo, relajarse y tan sólo escuchar el canto de los pájaros y el sonido del mar, potenciando nuestro ancestral sentimiento de comunión con la naturaleza. Snorkeleando en esta misma playa volveríamos a encontrarnos con los rapidísimos y jóvenes tiburones de puntas negras con los que nos habíamos encontrado en Maafushi. Esta vez tendríamos más suerte y podríamos verlos y filmarlos más de cerca y a plena luz del día.

Nuestro fiel amigo

Nuestro fiel amigo

También snorkeleando por la zona descubriríamos un “pasillo” que se cuela entre los arrecifes y que conduce a una zona que pareciera estar diseñada con la intención de buscar la mayor belleza posible en un fondo coralino. Bautizaríamos aquel “valle” como “el parque”, y volveríamos en diversas ocasiones para disfrutarlo de nuevo, advirtiendo que los mismos grupos de peces permanecían siempre en el mismo lugar, incluso al día siguiente. Parece ser que cada uno tiene su casa establecida sobre el arrecife… os dejo un retrato de nuestro “más fiel amigo”, al cual visitamos en varias ocasiones, siempre en el mismo coral, y el cual siempre salía a saludarnos (o quizá a intentar proteger su casa…). La belleza del conjunto y el colorido de esta zona, apenas a unos metros de la playa, confirma una vez más que Maldivas es quizá el mejor lugar del mundo para practicar el buceo en todas sus modalidades.

El resto del día estaría acompañado por algunas lluvias que nos traerían un bonito arco iris, y Monika y yo amenizaríamos la noche con un divertidísimo recorrido en las bicicletas del Plumeria por las interesantes calles de arena del pueblo (algunas transitables con cierta dificultad) y parte de la selva, recorrido para el cual tan sólo dispondríamos de la iluminación de la linterna del teléfono móvil, descubriendo con incertidumbre parte de la fauna nocturna de Thinadhoo, entre la cual podemos destacar los murciélagos gigantes y cangrejos de unos 15cm de diámetro. Toda una experiencia, 100% recomendable…

Costa sureste de Thinadhoo

Costa sureste de Thinadhoo

Rodrigo y Miriam contrataron, para el último día del viaje y también a través del Plumeria, una excursión para snorkelear en la Golden Wall (25$ por persona), un enorme arrecife dorado que cuenta con bastante fama para la práctica del buceo, el cual les gustó bastante. Monika y yo decidimos que ya habíamos tenido suficientes excursiones de este tipo, invirtiendo nuestro último día en relajarnos en la playa, volver a visitar “el parque” con nuestros equipos de snorkel, disfrutar de la isla y recorrer la costa sureste de la misma, en la cual, a pesar de su belleza, no está permitido el uso del bikini. Una intensa lluvia tropical azotaría Thinadhoo durante la tarde y la noche, la cual dedicaríamos a jugar al billar en el hotel, a recoger nuestras cosas y casi comenzar la depresión post-vacacional. Despediríamos a Madga y Jose con una animada y divertida charla, dándoles las gracias por ayudarnos a disfrutar de nuestras vacaciones de esta forma y por hacernos sentir como en casa.

Despedida de Magda y José

Despedida de Magda y José

A la mañana siguiente, la lancha rápida del Plumeria nos esperaba a las 5am en el puerto de Thinadhoo. Por 65$ por persona, y tras una bonita despedida por parte de todo el personal del hotel, nos trasladaría en menos de 2 horas al aeropuerto de Male, donde daríamos por concluido este inolvidable viaje. Debido al mal tiempo y al consiguiente estado del mar, el traslado no sería el más placentero para nuestros estómagos, pero cumpliría con su cometido. Ya nada podía empañar estos inolvidables 8 días en Maldivas. 8 días en los que el resto del mundo dejó de existir.

Y me gustó que así fuera.

Monika, Rodrigo, Miriam, gracias por compartir esta experiencia con un servidor. Cómo te echo de menos, Maldivas… espero que volvamos a vernos. Hasta entonces…

Recuerdos inolvidables del paraíso

Recuerdos inolvidables del paraíso

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